Morir para contarla

Detalle del «Descendimiento de la cruz», de Rogier van der Weyden
Detalle del «Descendimiento de la cruz», de Rogier van der Weyden – Museo del Prado

Literatura del duelo

Aquí y allá proliferan los libros que nacen de la pérdida de un ser querido: la literatura del duelo se ha convertido en un género de plena vigencia en el mercado hispano

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Hay muchos ríos de tinta que salen de esa mar que es el morir. La historia se repite en distintas pieles: se pierde a un ser querido, nacen impresiones sueltas que se anotan compulsivamente, pasa el tiempo, y la mente va ordenando las palabras, las ideas, hasta alumbrar una obra. El dolor se convierte en literatura y se aleja del olvido. Ha pasado siempre, pero en los últimos años aflora en España con más frecuencia eso que podría llamarse literatura del duelo. ¿Sus protagonistas recientes? Muchos: Manuel Vilas, Sergio del Molino, Milena Busquets, Jacobo Bergareche, Miguel Ángel Hernández, Gabriela Ybarra… La lista podría extenderse hasta engarzarse con una tradición que pasa por iconos como Umbral o Delibes o Lorca y, mucho antes, por Jorge Manrique, que dedicó a su padre muerto una de las obras fundacionales de la lírica en español.

«La muerte de un ser querido te coloca delante de una historia muy poderosa. Y un escritor lo que hace es contar historias… Vas de cabeza», explica Vilas, que comenzó a escribir «Ordesa» apenas unos días después de la pérdida de su madre. La orfandad total –su padre también había fallecido, pero años antes– le llevó a alumbrar una obra intimista que terminó siendo uno de los títulos propios de 2018. Fue, también, una suerte de desahogo literario, de procesar los golpes de la vida. «Es el efecto que desde los griegos llamamos catarsis, que está en el origen de la literatura. Le damos nombre a aquello que nos causa terror, que no tiene nombre. Y una vez que consigues nombrarlo, ya estás en condiciones de poder entenderlo», continúa.

Gabriela Ybarra también entró en la novela después de que su madre muriese de cáncer. A partir de ahí fue indagando y escarbando en su historia familiar hasta llegar al asesinato de su abuelo en 1977, que llevaba la firma de ETA. Quería explicarse esas tragedias. «Ha sido terapéutico, porque he conseguido darle un sentido a la historia de mi familia, pero no ha sido un proceso nada placentero (…) Hay que hacer visible la muerte para quitarle importancia. No pasa nada por hablar de ella», sentenciaba la autora en una entrevista con ABC. El resultado de ese proceso fue «El comensal», un debut literario nacido del duelo que se coló entre los finalistas del prestigioso Man Booker International en 2018.

El mexicano Jorge Volpi llevó esta práctica al extremo y convirtió su luto en literatura. Perdió a su padre en agosto de 2014, y decidió que durante 2015 le rendiría homenaje escribiendo, que era lo que sabía hacer. Cada mes cerró un capítulo y, así, juntó las diez partes que componen «Examen de mi padre», su libro más íntimo. «Me ayudó muchísimo, porque me permitió estar un año entero pensando en él, en su relación conmigo, en su profesión, en el México de entonces, en el de ahora… Yo no creo en la trascendencia, pero sabemos que todas las personas habitan en nuestro cerebro. Y mientras las pensamos son reales, siguen estando presentes. Muy presentes, a veces más que las vivas», asevera.

Nacer de la tragedia

Quizás por eso hay plumas que nacen de la tragedia. A veces, el dolor extremo despierta la palabra durmiente que llevamos dentro, y se transforma en un asidero con el que aguantar la sacudida. Fue el caso de Jacobo Bergareche, que se puso a escribir después de que asesinaran a su hermano Roque en Angola. De aquello salió «Estaciones de regreso», una obra para coser una vida rota que no eliminó la herida. Porque eso no se va. «La herida no se te va nunca. Es como el volcán Etna: de repente tiene erupciones», contaba en estas páginas hace unas semanas.

Algo parecido le ocurrió a Néstor García, que vio cómo Iván Fandiño, su Iván, derramaba su sangre en la arena después de una cornada fatal. Con el corazón desgarrado escribió «Mañana seré libre», un heroico monumento a su amigo que es, también, uno de los libros taurinos más vendidos de los últimos tiempos. «Sin duda, el libro y mi hijo fueron los salvavidas a los que me agarré para intentar sobrellevar el dolor. Durante los meses en los que la escritura me secuestró, me ayudó. Tenía la sensación de seguir con él. Pero cuando terminé el libro, fue como si perdiera el suelo sobre el que caminaba y caí al vacío. Fue peor el después que el antes», recuerda ahora.

Porque el papel no borra el dolor. Fernando Savater, que acaba de terminar sus memorias de amor, dedicadas a su difunta esposa, confesaba en una entrevista con ABC que seguía sufriendo, que la literatura no había mitigado el peso de la pérdida. Es más: decía que el hecho de cerrar esa obra lo abría al vacío. «Para mí era doloroso, un esfuerzo grande, un sacrificio en ocasiones; pero por otra parte tenía miedo. Porque claro, ¿y después qué?», se preguntaba entonces.

Javier Gomá, que llevó a escena su lamento por su padre con «Inconsolable», también se muestra escéptico con esa función sanadora de las palabras. En ese monólogo dramático ironizaba contra la literatura terapéutica. «Hay que venir aquí llorados (…) No os usaré, amigos, de paño de lágrimas. Ni de confidentes», decía el protagonista al público. «Es que utilizar a los espectadores para exorcizar demonios o liberarse de traumas infantiles es literatura maleducada», sentencia el filósofo. «Lo que yo buscaba era hacer una meditación convincente, no artificiosa, acerca de la muerte del padre. Es una ocasión como ninguna otra para acceder a los temas centrales de la condición humana», zanja.

Literatura autobiográfica

Aunque cada escritor plantea la muerte desde diferentes perspectivas y géneros, todos bailan entre la realidad y la ficción, en ese lugar donde tenemos la memoria. «Estos libros se sitúan en un espacio intermedio. Se basan en la memoria, que es maleable, sesgada, tramposa. Todo tiene que ver con la imaginación», aclara Volpi. Y aquí, apunta, está la clave del fenómeno de la literatura del duelo. «En español no teníamos una gran tradición de escritura autobiográfica, al contrario que en la anglosajona. Quizá porque estaba ahí ese pudor católico, esa necesidad de resguardar las penurias y los sentimientos para uno mismo. Antes la confesión era privada, no como en el mundo protestante. Pero eso está cambiando. Ahora hay muchísima escritura autobiográfica, sobre la propia vida», argumenta. Y en la propia vida, claro, hay muerte. Ya saben: «¡También se muere el mar!», que escribía el poeta en su «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías».

En la misma línea opina Vilas. «El duelo y la autobiografía son dos géneros que van de la mano. Podemos decir que la literatura del duelo es un subgénero de la literatura autobiográfica. Y creo que su auge tiene que ver con sociedades democráticas avanzadas, en las que uno ya no tiene miedo a exponer su propia vida. Es un ejercicio de libertad personal… El realismo tiene que ver con la democracia», razona. Y va más allá. Esta nueva falta de pudor, dice, se nota también en los estilos. Umbral en «Mortal y rosa» era muy «abstracto», y Delibes se «parapetó» detrás de un pintor ficticio para expresar su llanto por su mujer en «Señora de rojo sobre fondo gris». «Había una necesidad en ellos de esconderse», aventura. «Yo he trabajado desde el realismo puro. Me interesaba que se viera que estaba hablando de personas reales», añade.

Es algo que ahora es cada vez más común, porque no hay temor de contar las horas de hospital, las lágrimas propias en cualquier esquina, las vergüenzas de la miseria. Aunque con esto, afirma Savater, hay que ser cautos. Es un material potente, pero peligroso. «Yo constantemente evitaba deslizarme a ese tipo de exhibicionismo. De mermelada dolorosa. Es uno de los peligros cuando escribes estas cosas… El buen escritor, creo, es el que transmite las cosas sin echarte chorretones de pintura rosa encima», reconoce.

Estilos aparte, la muerte es un tema literario de primer orden, que supera las modas y los siglos y que se ha filtrado en las páginas de todas las épocas. ¿Pero por qué nos interesa? ¿Es que nos gusta sufrir? Bueno, más bien es que, de hecho, sufrimos. Nos guste o no. «Da igual que yo hable de mi familia. Esta literatura funciona porque trata un tema universal –asevera Vilas–. Cuando el lector lee “Ordesa” coloca ahí a su padre y a su madre». Coloca, en fin, a sus muertos, que también son universales.

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