Misión (casi) imposible: recibir dos libros – Clarín.com

Inés Garland

En la vida de los amantes de la lectura, recibir libros por correo debería ser un motivo de regocijo. Pues no, no lo es en mi vida y aparentemente no lo es en la vida de muchos otros amantes de la lectura de esta ciudad.

Los libros no llegan a mi casa. En su lugar llega un telegrama con la notificación de que los libros llegaron y unas instrucciones detalladas sobre la manera de juntarme con ellos.

Al Correo le es grato informarme que un envío internacional a mi nombre ha sido clasificado dentro del régimen “Puerta a Puerta” y que están en condiciones de entregármelo en el domicilio en el que recibí la comunicación si tan solo sigo dos acciones que describen a continuación. Hace dos años hice gestiones complicadísimas que ya no recuerdo, acampé en el edificio de Correo de la calle Comodoro Py y Antártida Argentina y, cinco o seis horas de camping más tarde recibí el paquete. Y el año pasado perdí un envío de diez libros que volvieron a Alemania porque no tuve tiempo para acampar.

La primera indicación es cumplir con los requisitos indicados en la sección “Puerta a Puerta” del sitio Web de la AFIP. Acá aparece el primer problema: encontrar la sección Puerta a Puerta. Descubrir bajo qué denominación estaría esa primera instrucción es una misión, en mi caso, imposible. ¿Soy operadora de comercio exterior? ¿Viajera? ¿Otros usuarios aduaneros? ¿Soy persona física? ¿Persona jurídica? ¿Qué opción soy?

Si recurro al casillero de búsqueda y pido “Paso por Paso” me responde que “no se encontraron resultados que coincidan con los criterios de búsqueda. Resultados de la búsqueda (0)”. Lo mismo pasa con la palabra “Correo” y con “Envíos internacionales”. Es descorazonador y los laberintos de la página llevan mucho tiempo. A veces la página se cae, como si se cansara más que yo.

El segundo punto, que es pagar, está mejor explicado. Pagar no es difícil. El detalle es que los libros están exentos, pero eso no es algo que la computadora entienda. Y el otro detalle es que los libros no llegan, no me llegaron en otra oportunidad y no les llegaron a mis amigos con los que comparto mi problema.

Así que esta vez decido llegar al fondo de la cuestión. Elijo un día de sol y no demasiado frío (el edificio de Correo es inhóspito y helado), pongo en la cartera un libro precioso de Natalia Ginzburg que sé que me ayudará a soportar la espera, tolero la marcha a paso de hombre de los camiones, los ómnibus, los autos y las motos por la avenida Antártida Argentina, estaciono en la terminal de ómnibus, y avanzo a trancos decididos y alegres a dilucidar la cuestión.

El salón está repleto y la cola es muy larga. Muy. Finalmente me atiende el señor Pablo que, según sus propias palabras, es el hombre indicado para ayudarme. Y lo es. Se lo reconozco al final de la gestión unas dos horas más tarde.

El primer descubrimiento es que Correo acusa a AFIP, y AFIP acusa a Correo. No es de extrañar. Es un hábito infantil muy frecuente que en el caso de los organismos públicos se vuelve más pueril aún que en los casos de adultos particulares.

El señor Pablo me toma el reclamo de que la redacción del telegrama es absolutamente ineficaz—lo redacto, lo firmo, doy mi DNI, mis direcciones reales y virtuales (mis medidas, mi grupo sanguíneo, mi historia clínica)— y me instruye sobre los pasos a seguir.

Atravieso el salón en busca de una persona de la AFIP con nombre y apellido para hacer un trámite que implica retirar el envío del sistema Puerta a Puerta y tratar de que me bajen el paquete del depósito y me lo entreguen. Me advierten que si la persona que voy a ver no está de buen humor, puede pedirme que vuelva en 72 horas, así que recurro a los seres superiores que me asisten en este mundo para que la persona en cuestión esté de buen humor. Hay olor a cigarrillo, estantes con paquetes, mostradores, gente esperando obediente, una salita con algunos empleados abriendo sus paquetes de papel gris de comida de delivery, sus recipientes caseros, mates, termos, la vida cotidiana de los otros. La persona que busco no está en la oficina al fondo del pasillo, pero de todos modos me atiende una señora muy amable.

Paso a darles entonces, finalmente, las instrucciones que ella me dio: los que ya hayan recibido el telegrama pueden pagar el correo (120 $) por Internet— es fácil, ya lo dije—, los libros están exentos de VEP así que esa parte la pueden saltear, tienen que apersonarse en el Correo en Comodoro Py y Antártida Argentina muñidos del comprobante de pago de los 120 $, el telegrama y el DNI. Vayan a la ventanilla de AFIP y pregunten por un funcionario de la AFIP para contarle que recibieron un envío de libros y que por favor los saque del circuito de Puerta a Puerta y los pase a entrega in situ urgente y personal y en unos 40 minutos es posible que tengan sus libros. ADVERTENCIA: no le crean a nadie que los libros van a llegar a su casa. No es verdad, porque si no están con el formato indicado, no los mandan.

Formato indicado por la Unión Postal Universal: el libro debe estar envuelto de tal forma que sus extremos queden libres y pueda chequearse que es un libro. O sea: se les hace una especie de faja ancha de cartón o plástico donde estarán los datos del destinatario, pero se dejan libres los extremos superior e inferior.

Posibles contratiempos: 1) Los extranjeros que envían los libros no entienden estas instrucciones o se niegan a seguirlas (la Unión Postal Universal no parece tener un buen sistema de comunicación o podríamos ser los únicos que le obedecen en el caso de los libros). De hecho la señora amable reconoció que una vez le llegó un libro con el formato indicado y lo tuvo meses en su escritorio como a un ejemplar raro y peligroso. Nadie había visto semejante envoltorio antes, y ella tardó en encontrar a un colega en el lejano sur que le dijo que ese era el formato correcto y estipulado para el envío de libros.

2) Las puntas desprotegidas de un libro que viaja por el mundo pueden llegar en pésimas condiciones.

Para terminar me gustaría contar que el envío de los ejemplares de The Other Tiger, maravillosa antología bilingüe de 400 páginas de poesía contemporánea latinoamericana traducida y editada por Richard Gwyn, no le llegó a casi ninguno de los destinatarios (yo la tuve que buscar en un depósito de mi barrio con algunas complicaciones menores, pero no por ello agradables) y que, en cambio, las pantuflitas con gel para los callos que pidió mi prima le llegaron sin problemas a su domicilio.

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