Los libros – Diario El Mundo de Córdoba

Este año han cerrado en Córdoba dos librerías, la de Garcilaso y la Interior. En la cercana ciudad de Fortín, antes, desapareció otro negocio igual a los antes mencionados.

Quedó aquí la librería universitaria que opera en la calle tres, junto a la entrada del Museo; de repente en ese negocio se anunció una venta de ejemplares con un 50 por ciento de rebaja y se dijo que también cerraría sus puertas.

Lo antes mencionado revela algo que siempre se ha dicho en Córdoba y en todo México: los libros no se venden, no hay público interesado en su compra y por ello la cultura popular está por los suelos.

Hace días, por mi mal estado de salud pensé que pronto moriría y que dejaría mi escasa biblioteca en mayor de no sé quién; que se haría lo mismo que hice con los libros de mi padre: tirarlos a la basura. Solo guardé dos ejemplares, uno de primer curso de inglés y otro sobre cómo se hace el pan de trigo. Esos dos libritos los he guardado como un alivio de mi conciencia pero jamás los he abierto.

Mis libros, por tanto, quién sabe qué destino tendrán pero creo que irán a dar a la basura.

En esta ciudad ha habido algunas buenas bibliotecas pero cuando sus dueños fallecieron, quién sabe qué haya sido de las colecciones dado que hoy más que antes las nuevas generaciones no leen sino que se atienen a obtener la información necesaria y que se consigue por los nuevos medios de comunicación -computación, internet-. Años atrás, cuando las jornadas escolares eran por la mañana y por la tarde, había clases de caligrafía y de lectura. Oficialmente se recibían muy buenos libros que encaminaban a los niños de la primaria a aficionarse e interesarse por leer.

Hoy ya no hay tal, los jóvenes, aún de secundaria y preparatoria no leen y tienen muy mala letra, sin ortografía, sintaxis ni nada de eso.

Las actuales bibliotecas públicas hoy se van envejeciendo, si no se les alimenta y se les pone al día con las novedades para nada sirven.

De las viejas bibliotecas, una revisión de expertos desechará un 90 por ciento.

De vez en vez vienen libreros a vender libros. La gente compra los libros mejor encuadernados para adornar la sala de la casa y que en los hogares nunca se abren; los encuadernados rústicamente suelen ser muy poco adquiridos.

Volviendo a mis preocupaciones, no sé aún si reparto mis libros entre personas que según yo los vayan a aprovechar o dejarlos en mi librero para mis descendientes. No me decido ni por lo uno ni por lo otro.

RUBÉN CALATAYUD

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