José Ovejero: «Vamos a acabar poniendo paños a todos los santos para que no se les vean los huevos»

José Ovejero (Madrid, 1958) es un narrador cruel y un afable conversador. Su literatura, afirma, está pensada para sacudir, para instalarse en la cabeza del lector y cambiarle los muebles de sitio. Todas sus narraciones van en esa dirección, la del puñetazo, y nos presentan vidas deshechas, donde la esperanza brilla, pero por su ausencia. Dice que nunca le haría a sus amigos lo que le hace a sus personajes. Y menos mal. Es esa doble moral la única que explica la sonrisa que se dibuja en su rostro mientras habla de cómo los protagonistas de su último libro de relatos –«Mundo extraño» (Páginas de espuma)– viven en el abismo y reflejan todo lo que nosotros nos empeñamos en ocultar: la soledad, la incomunicación, el miedo, el dolor, la muerte… En fin, nuestras debilidades más humanas.

Parece que hay algo que une a todas las historias de «Mundo extraño», una cierta sensación de que algo va a pasar mal. Siempre. Aunque la vida le vaya objetivamente bien al personaje: ¿es así?

Sí. Hay una sensación de amenaza por debajo de cada cuento. Y también está la fragilidad de los personajes, esa fragilidad que llevamos dentro, que ocultamos como podemos.

Eso se ve muy bien en el cuento del escaparatista, ese hombre de éxito que, en realidad, es de cristal.

Es que cuando para constituirte dependes del éxito, de la aceptación y aprobación de los demás, está claro que estás generando un drama. No vas tener esa aprobación siempre, no vas a tener esa mirada del público siempre. El éxito se consume. Necesitas alimentarlo continuamente. Este pobre hombre, que lo que quiere exclusivamente es tener éxito, no puede acabar bien. No es posible.

Parece que está definiendo el mundo de las redes sociales…

Claro. La red social está expresada metafóricamente en el escaparate, en ese mostrar. Mostrar imágenes, mostrar algo que en el fondo es superficial, que es un decorado. En las redes sociales somos un decorado de nosotros mismos.

¿En qué sentido?

Los seres humanos llevamos esa fragilidad dentro y parte de nuestro drama es que mostramos algo hacia el exterior mientras intentamos ocultar lo que hay en el interior. Pero eso acaba saliendo una y otra vez a la luz. En el libro lo reprimido acaba asomando de alguna manera terrible o ridícula.

De una manera ridícula y, a veces, divertida.

Yo no me pongo a escribir pensando en hacer reír al lector. Tiene que ver con la manera en la que vivo la realidad, con la que miro esos intentos un poco patéticos de ocultar lo que somos. Y suelo poner el ejemplo de los espejos deformantes. Cuando nos miramos ahí nos reímos. ¿Por qué? Porque nos reconocemos. Si aquello fuese algo completamente ajeno no nos haría gracia. Pero de pronto vemos cosas que no veíamos antes, rasgos que al exagerarse en el espejo nos resultan divertidos o tristísimos. Entre eso se mueve mi literatura. Entre lo tristísimo y lo divertido.

«Cuando para constituirte dependes del éxito estás generando un drama. El éxito se consume. Necesitas alimentarlo continuamente»

En «La ética de la crueldad» afirma que las tres cosas que hace la literatura cruel son dificultar la empatía con los personajes, tambalear las certezas que tiene el hombre y recordarle que todo es efímero, que se va a morir. ¿Tiene que ser incómodo el arte?

Uno puede disfrutar un cuadro que no plantee ningún tipo de conflicto, disfrutando solamente de los colores o la composición. Pero ese no es el arte que a mí me interesa. A mí me interesa ese arte que provoca un diálogo confrontativo con el público. Me interesa no solo como escritor, sino también como lector. Me interesa porque me incomoda, me hace pensar quién soy, en qué mundo vivo, en cómo son mis relaciones… Y sí, es más incómodo y a veces no me apetece. A veces prefiero ver un partido de fútbol a leer un libro que me va a poner incómodo. Pero creo que no se puede vivir solamente en el partido de fútbol. Ese arte contradictorio, cruel a veces, lo que hace es enriquecer tu vida.

Lo pregunto porque ahora hay una ola que juzga el arte desde lo políticamente correcto, que juzga al escritor por sus personajes, por ejemplo.

Yo creo que eso puede llevar a un tremendo empobrecimiento de la experiencia estética. El pretender que los personajes de los libros se comporten como alumnos modélicos es un error. Eso no va hacer un mundo mejor, sino un mundo que oculte eso reprimido que normalmente solo sale a la luz en el arte. Si lo eliminamos de ahí nos vamos a quedar solo con personajes que son todos buena gente, hombres que respetan a las mujeres… No. No tiene sentido. Aunque pueda parecer que el escritor es un mal bicho por decir ciertas cosas a través de sus personajes, creo que hay que dejar que lo diga. Y no solo eso: hay que interesarse sobre por qué lo dice.

Y lejos de eso hay quien quiere retirar una obra de Balthus del Metropolitan de Nueva York por mostrar a una adolescente en una posición sensual.

Es muy posible que Balthus tuviese tendencias pedófilas. ¿Y qué? Tú tienes perfecto derecho a saltarte toda la obra de Balthus si te muestra cosas que tú no quieres ver. Otra cosa es que tú tengas derecho a prohibírselo a los demás. Vamos a acabar como en la Capilla Sixtina, poniendo paños a todos los santos para que no se les vean los huevos. Yo no critico a alguien por decir que Balthus es misógino. Es una decisión personal. Ahora bien, que tú quieras prohibírselo a los demás me parece preocupante.

En este nuevo libro hay varios momentos de crítica social, aunque esta nunca juega un papel central en los relatos.

Sí. Me sale de forma espontánea y no lo elimino. Yo no tengo la concepción de la literatura como literatura militante o moralizante de una manera explícita. No tiene por qué serlo. La literatura tiene una función moral, pero es completamente distinta a esa. Yo creo que un escritor, en el fondo, no elige lo que el interesa. Si a mí me interesan esos aspectos, ¿por qué no van a salir en mi literatura? Yo no escribo un cuento para denunciar nada en concreto, pero hay cosas que me molestan del mundo en el que vivo que aparecen en boca de mis personajes.

«El pretender que los personajes de los libros se comporten como alumnos modélicos es un error. Eso no va hacer un mundo mejor»

Además, usted suele decir que toda literatura es política.

Porque la política depende de nuestros juicios sobre el mundo y de nuestra capacidad de acción. Una buena literatura muestra la complejidad de la realidad y transforma nuestra manera de estar en el mundo. A mí me molesta la literatura en la que están claros los buenos y los malos y en la que el lector está siempre del lado de los buenos, porque eso no cuestiona nada. Cuando un libro te obliga a releer tu papel en la realidad, cuando excita tu empatía para con el otro, tiene consecuencias políticas porque tiene consecuencias morales. En ese sentido creo que cualquier buen libro es político.

Entonces, ¿no cree en la literatura como una forma de evasión?

Quedarse a vivir en los libros es empobrecer tu vida. A parte de toda la experiencia estética, una de las utilidades de la literatura es que te permite expandir tus posibilidades de sentir y de comprender en la vida real. Para mí la literatura es una parte de mi vida, pero no es la fundamental. Yo quiero estar vivo no solo en los personajes, sino también en la calle.

En uno de los cuentos, «Los escritores que más me gustan», habla de cómo disfruta la belleza, pero también reconoce que usted no la escribe.

Es la paradoja que tenemos la mayoría de los escritores: a veces nos gusta mucho lo que hacen otros pero nosotros necesitamos estar en otro sitio. Uno no elige quién es. A mí hay escritores que me encantan porque son capaces de crear belleza, pero mi belleza tiene a menudo que ver con lo trágico, con lo funesto.

¿Inevitablemente?

Siempre me sucede así. Cuando escribí un libro para niños, «El príncipe es un sapo y viceversa», se lo dí a mi editor y me dijo: «Yo no le daría esto a mis hijos». [Ríe] Y a mí me parecía un libro perfecto para chavales. Luego, afortunadamente, otro editor le vio el interés. Y es que yo estaba escribiendo ese cuento feliz y de pronto se me ocurrió un final que no era feliz y trasformaba la belleza en otra cosa… Qué le voy a hacer. Todo escritor tiene limitaciones y yo me he acostumbrado a las mías.

Pero es que en las sombras también hay belleza.

Claro. Hay belleza hasta en la corrupción. Si nos ponemos muy morbosos en un cuerpo que se corrompe hay colores, hay matices, hay un montón de cosas que pueden ser muy bellas. Esa belleza también me interesa. En mis novelas, por muy brutales que sean, siempre hay momentos de belleza, de ternura, momentos en los que uno podría respirar y quedarse ahí un tiempo. Y en los cuentos sucede también.

Momentos… porque la tónica general no es esa. La felicidad, en sus cuentos, dura un instante.

No me interesa cuando la belleza o el optimismo o la felicidad se imponen a toda una historia. Creo que es falso. La felicidad es, en el mejor de los casos, una sucesión de ráfagas breves. Por desgracia, nuestra memoria está hecha para recordar mejor el dolor que la felicidad. Es una cuestión importante para la supervivencia: tienes que recordar mejor lo que te duele para sobrevivir. La felicidad es un lujo añadido.

Además, la tristeza se puede narrar de forma bella. Como ese momento del libro en el que una mujer se lamenta porque hace meses que no sueña que vuela y su marido, tan diferente a ella, no sabe cómo decirle que él nunca ha soñado con volar.

A mí también me parece una escena bella. Como dices, en la tristeza hay belleza. Y eso está en mis libros. Me alegro de que lo reconozcas.

«Por desgracia, nuestra memoria está hecha para recordar mejor el dolor que la felicidad. Es un mecanismo de supervivencia»

En este sentido, hay otra constante que sobrevuela el libro: las relaciones humanas fatales, de una gran incomunicación, sobre todo en la pareja.

Sí… No es una visión de la familia ni de la pareja particularmente alentadora. A menudo me lo preguntan: «¿A usted le va tan mal, ha tenido tan mala suerte?» No. Yo creo que he tenido mucha suerte. En mi nuevo libro de poemas, que escribo desde el punto de vista de una mujer, hay un poema en el que esta se pregunta: «¿Quién soy? ¿La que sale en las fotos o la que sale en los poemas? En los poemas soy siempre una mujer destruida, una mujer triste, una mujer a punto de desaparecer. En las fotografías sonrío, bailo, soy feliz. ¿Con que parte me quedo?» Yo creo que a menudo tendemos a quedarnos con el álbum de fotografías, que es falso. Y a mí me interesa esa otra parte, que también es falsa, pero como es la que se olvida es la que me interesa trabajar.

Hay gran variedad de estilos dentro del libro y como escritor ha cultivado el cuento, la poesía, la novela, el ensayo, el teatro… ¿Cómo lleva versatilidad? ¿No tiene miedo de ser demasiado disperso?

La verdad es que la llevo con pasión. Con pasión por seguir cultivando distintos géneros. Antes me preocupaba antes ser demasiado disperso. Pensaba que lo que pasaba es que no tenía la suficiente profundidad para seguir trabajando en un solo lugar. Pero me he dado cuenta de que no. Cada vez veo más la coherencia en lo que estoy haciendo. Eso me tranquiliza. Creo que, aunque yo no tenía un plan cuando empecé a escribir, en lo que estoy haciendo hay una coherencia y que el utilizar géneros distintos la subraya.

¿Dónde está esa coherencia?

En mi propósito, que es un propósito imposible: contarlo todo. Y contarlo todo significa ser capaz de ver todo y ser capaz de expresarlo todo.

Como dice, es imposible.

Perfecto. Voy a fracasar en este propósito. Da igual. A veces está bien tener un propósito imposible para ir trabajando en esa dirección. Y para hacer esto necesito distintos géneros. No puedes contarlo todo solo con novelas. Cada género te permite una mirada diferente y unas posibilidades diferentes de expresión. En esa narración de la complejidad del mundo, de la complejidad de nuestras relaciones (individuales, sociales, familiares, políticas, etc.), necesito utilizar distintos géneros. Y así, donde yo creía que había desorden y dispersión, de pronto empieza a aparecer una imagen de conjunto de lo que pretendo. Una imagen a la que le faltan piezas, porque aunque viviese eternamente no conseguiría terminar el puzzle. Y encima me voy a morir.

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