Grandes bibliotecas de la historia. La Biblioteca de Asurbanipal

  • Fue creada en la ciudad asiria de Nínive.
  • Estaba formada por tablillas de arcilla en escritura cuneiforme.

Muestra de tablilla de arcilla con escritura cuneiforme.

La voluntad por abarcar el máximo conocimiento posible no es una tarea exclusiva del mundo moderno, ni siquiera comenzó en tiempos clásicos. Mucho antes de la aparición de imperios como el griego o el romano, incluso antes de los rollos de papiro, las antiguas civilizaciones ya se habían dado cuenta de la importancia de preservar y difundir su cultura y conocimientos. Ese fue el motivo del nacimiento de la Biblioteca de Asurbanipal, fundada, nada más y nada menos, que en el 722 antes de Cristo.

El verdadero creador de la biblioteca fue el mítico rey Sargón II, aunque fue su sucesor, Asurbanipal, el responsable de su posterior ampliación y relevancia. Los asirios usaban la escritura cuneiforme, y consideraban que el mejor soporte para conservar la información era la tablilla de arcilla.

La Biblioteca de Asurbanipal gozó de gran fama y renombre dentro de los grandes imperios de la antigüedad, y se calcula que pudo llegar a albergar más de 22.000 tablillas en las cuales se trataban los más diversos temas, desde tratados de lingüística a textos sobre matemáticas y astronomía; la religión también era importante, así como la ciencia y un apartado dedicado a la magia.

La historia y la literatura eran dos temas que se solapaban en este periodo mítico, como bien demuestra una de las piezas más famosas de esta biblioteca, el Poema de Gilgamesh, que está considerada como una de las obras más antiguas de la literatura universal y que fue encontrada en los restos del edificio.

La biblioteca se encontraba dentro del palacio de Senaquerib, que fue arrasado por los babilonios en el 612 antes de Cristo, arrasando con gran parte de su contenido. En el siglo XIX, y gracias al trabajo de los arqueólogos, se encontró este asombroso lugar. Al ser un equipo inglés, las tablillas fueron trasladadas al Museo Británico, donde, gracias a una tableta en persa, elamita y babilonio, se pudieron comenzar a traducir, develando los secretos de una cultura que, hasta aquel momento, permanecía en la oscuridad.

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