Fernando Aramburu: «Estoy deseoso de que mis paisanos se reconcilien, convivan en paz»

Con los hombros pelados por el fatigoso peso del éxito, Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) llega casi sin aliento a los últimos metros de la carrera de promoción de «Patria» en la que se ha convertido esta última mitad de año. Han sido un sinfín de viajes los que durante este tiempo ha emprendido para atender a los más de 300.000 fervorosos lectores que, según las últimas cifras, ya tienen un ejemplar de la octava novela del guipuzcoano en la estantería. El cuerpo y la necesidad de atender próximos proyectos le exigen ya descanso.

Mientras termina de planificarlo, este lunes dio la charla inaugural de los Cursos de Verano que organiza la Universidad Complutense de Madrid. Su leit motiv: desgranar la poco nítida figura de Félix Francisco Casanova, poeta canario que murió a los 19 años y cuyos escritos movieron a Aramburu a prologar la recopilación póstuma de su obra, «El don de Vorace» (Demipage). Sentado con ABC mientras su cabeza repasa los últimos detalles de la ponencia, y abrumado, con esa mezcla entre lo vasco y lo alemán que lo caracteriza, por las fotos que se le toman, repasa los últimos coletazos del superventas que lo ha convertido en una estrella.

Ahora que la promoción de «Patria» llega a su fin, ¿qué planes tiene?

La editorial me ha puesto una pequeña coda promocional en Barcelona este martes y miércoles. A partir de entonces, ya he anunciado a la editorial que a partir del miércoles 28 Aramburu baja la persiana y no está disponible tras seis meses de promoción interminable. Encima de mi escritorio está esperando un proyecto al que finalmente voy a dedicarme, pero no de manera ocasional ni en mis ratos libres, sino de una manera intensa, como debe ser.

¿Podría explicar el proyecto del que habla?

Tengo previsto iniciar la escritura de un texto que podría, tal vez, ser una novela. Pero eso no es algo que yo tenga decidido de momento.

¿Qué hay del tema?

El tema es el resultado de la escritura. Yo no accedo a la escritura a partir de un tema, sino que este es el resultado de la misma. Lo que yo quiero es estar a solas con el proyecto, que ahora es borroso, y que consiste en unas imágenes y en unos deseos de escribir ciertos pasajes que están ahí de manera borrosa. Esta vaguedad es también una consecuencia de que no me pueda dedicar a mi proyecto. Pero yo no soy de los que venden la leche, como la lechera del cuento, antes de haber ordeñado a la vaca.

Intuyo que no quiere concretar nada.

Es que si concretase no estaría diciendo la verdad, porque no hay nada concreto. Lo que hay es el de deseo de abordar un proyecto de ciertas dimensiones, sobre el cual solo tengo una serie de pequeños elementos. Pero estos pequeños elementos son los habituales cada vez que yo empiezo a escribir un libro. Cuando empecé a escribir «Patria», no tenía nada. Solo algunas imágenes, alguna nota en un cuaderno. Pero entonces uno tira del hilo y va viendo si hay madeja o no. Luego tengo un rito, y es que si sobrepaso la página cincuenta, ya no vuelvo atrás. Entonces es cuando el proyecto se empieza a concretar. Hasta entonces cabe la posibilidad de no llevarlo a cabo porque veo que no estoy convencido, que no fluye, y por eso no puedo adelantar contenidos.

El éxito de «Patria», ¿supone una presión extra para trabajos venideros?

Para mí no. De ningún tipo. El éxito es algo que se ha añadido al libro. No lo puedo obviar. He estado atendiendo al éxito durante seis meses, pero yo sigo siendo el mismo. Y sobre todo, cuando uno está ante un nuevo proyecto, vuelve a ser un principiante. Lo que yo haga ahora, por fuerza tiene que ser algo nuevo, tiene que implicar desafíos concretos nuevos. Yo no voy a repetir moldes. Entonces tengo una inseguridad, que al mismo tiempo es gozosa. Soy de esos escritores que gustan de ponerse dificultades: para mí son estimulantes si el trabajo discurre con demasiada facilidad, comienzo a desconfiar de él. Tengo la seguridad que, desde que escriba el primer renglón, «Patria» desaparece de mi cerebro. No voy a escribir «Patria 2», ni un libro parecido. Eso, en mi caso, no es posible.

Pero sí que es consciente de que el foco que la gente va a poner sobre lo que haga va a ser, a partir de ahora, mucho mayor.

Sí.

¿Cuál es el balance de estos seis meses de promoción de un éxito?

Estoy razonablemente satisfecho. Por diversas razones. El éxito es un concepto un tanto abstracto. En realidad es un malentendido, puesto que depende de otros. Para mí se consuma cuando uno ha terminado una obra. Esto para mí ya es suficiente recompensa. No veo por qué tengo que adoptar ningún tipo de actitud frente a él, aunque he estado sirviéndole, por el hecho de que me he prestado a hacer entrevistas y he viajado mucho. Este éxito me ha dado diversas alegrías. Una de ellas es constatar, en los actos públicos o en las sesiones de firmas, que mi libro ha sido significativo para muchas personas. E incluso más allá de su significación, ha sido emocionante. No para todo el mundo, pero eso es normal. No puede ser que un libro guste a todo el mundo. Pero vamos a decir que el número de personas que ha sentido algo positivo, especial o emocionante durante la lectura de mi libro ha sido muy grande, y esto a mí me colma de satisfacción. En el sentido de que veo que mereció la pena todo el esfuerzo. «Patria» no se escribió en dos días. Es consecuencia de un trabajo intenso de tres años. También me ha satisfecho comprobar que las víctimas del terrorismo de ETA han acogido a mi libro, que lo han agradecido. No han sido pocas las víctimas que se han acercado a mí o me han mandado algún mensaje para agradecerme mi libro. Esto me da una gran satisfacción, y también me ayuda a pensar que mereció la pena. Por otro lado, no lo puedo evitar, mi libro recibió una crítica literaria muy positiva. No por todo el mundo, ya lo sabemos. Pero la crítica general ha sido muy generosa con él, y esta parte de la crítica es para mí muy valiosa, más que mi libro haya entretenido o gustado. Es el hecho de que numerosos expertos lo han aprobado desde el punto de vista estético. Por ejemplo, el premio Nacional de la Crítica, para mí fue halagador. Si unimos todos estos conceptos, la verdad es que estoy contento. Por qué voy a disimularlo, ¿no? Ahora, lo que yo no puedo permitir es que este libro se convierta en mi horizonte creativo final. Eso sería horroroso.

Igual que ha recibido respuestas positivas de las víctimas del terrorismo, ¿ha recibido algún tipo de contestación del sector opuesto?

Es que yo no veo con claridad la existencia de sectores, porque de hecho quienes opinan normalmente lo hacen con su nombre y sus apellidos.

No lo llamemos sector entonces.

Hay personas que han opinado desde determinados rincones ideológicos. Y en algunos casos sí que me han llegado textos contrarios. Pero a mí esto me parece normal. No es posible que un libro guste a todo el mundo.

¿Le ha llegado a afectar?

Pues más o menos. Esto a mí me llega porque alguien me cuenta algo. Pero no me despeina las cejas. Hay críticas negativas que yo considero honrosas, en función de su procedencia.

¿Considera que su figura, a partir de lo que ha implicado el libro, adquiere ahora relevancia como voz autorizada en lo que respecta al conflicto vasco?

No. Yo no creo que mi voz sea particularmente útil o relevante. De lo que sí me congratulo es de que mi libro haya suscitado debate, conversación. En una sociedad como la vasca, esto es muy positivo. Ha habido personas que públicamente han opinado sobre mi libro o sobre las cuestiones que trata. Ha habido conversación. Además en tonos aceptables, con posturas que se han razonado. Esto a mí me ha parecido muy positivo. Además yo ya he dicho, y repito, que yo no hablo desde el discurso político. Yo soy un señor que vive en Alemania, no soy candidato de nada, no he dicho a quién voto, si es que voto, he explicado cada vez que he podido que yo escribo desde la compasión de los que han sufrido, soy un avezado lector de Albert Camus, que es una de las convicciones que yo llevo. Escribo con la cabeza, pero también con el corazoncito. Estoy deseoso de que mis paisanos se reconcilien, convivan en paz, sepan discrepar sin agredirse y sin insultarse. Si mi libro ha contribuido al debate o a la conversación, me parecería estupendo. Pero no soy un experto en terrorismo ni en política vasca. De hecho jamás escribo de estas cuestiones. Yo escribo desde una perspectiva cultural. Me gusta postular el discurso literario, tratando de hacer apetecibles libros buenos. No pierdo de vista las cuestiones sociales, más que nada porque me interesan los comportamientos humanos sin los cuales el comportamiento de la novela no tendría ningún sentido. Y, claro, porque arrastro una experiencia personal y una larga memoria que piden encauzarse o expresarse por medio de la literatura. Y a esto se unen las entrevistas: me piden mi opinión y la doy.

¿Qué estimula más su escritura, el recuerdo o la vivencia diaria?

Depende de lo que escriba. Hay una parte de mi obra que tiene que ver con mi experiencia personal y con mis orígenes. Y a esta parte la atiendo de vez en cuando. Yo no soy un señor que escribe una novela tras otra sobre los mismos asuntos. Yo necesito abordar, o dirigirme, a otros horizontes creativos. Pero cuando trato historias de gente de mi tierra natal, abordo un determinado tipo de literatura que está basado en el recuerdo. Ahora bien, no es exactamente la materia prima narrativa, sino que es más bien el baúl de donde yo extraigo narraciones para otro tipo de narraciones que pueden perfectamente haber sido inventadas por mí. De hecho, me inventé «Patria». Ahora bien, no habría sido posible sin la historia de la cual yo tengo conocimiento. Y ahí, a donde no llegaba mi conocimiento, recurrí al de otros y a la documentación.

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