Érase una vez un niño que amaba los libros – ElEspectador.com

Todos los que somos lectores ávidos tenemos una gran historia que contar. Mi padre me contó alguna vez que recién llegado a Colombia se sentía triste y abandonado y que por un golpe de suerte dio con un librero que le enseñó a amar los libros. Después de disfrutar de su linda compañía, de llenar la casa de escaparates llenos de novelas, de colecciones, de ediciones preciosas y de innumerables tomos de biblioteca, mi padre no volvió a sentirse solo en este país, que nunca dejó de ser extraño para él, pero que gracias a su grato encuentro con los libros, comenzó a serle cómodamente familiar.

Muchos, como papá, recibieron la cálida compañía de la literatura ya en su vida adulta. El libro los redimió de la soledad, de la angustia, ayudó a disipar alguna tórrida preocupación, o abrió el camino del pensamiento para esclarecer alguna verdad oculta; pero otros, como yo, tuvimos la fortuna de aprender a amar la lectura desde que éramos niños.

Muchos, desde pequeños, no veíamos la hora de acabar las tareas del colegio para saber qué iba a pasar con el pequeño príncipe en el desierto. La hora de dormir era la más grata, pues mamá o papá se sentaban con nosotros en la cama y avanzábamos un poco en la lectura de Alicia en el País de la Maravillas. Mirábamos las grandes ilustraciones de las enormes páginas, y por alguna suerte de magia las imágenes comenzaban a moverse, adornando con danzas y adoquines los cajones más ocultos de nuestra imaginación. Cuando nos regalaban algún libro por navidad o cumpleaños, después de deshacernos con ansiedad de la engorrosa envoltura, olíamos sus páginas con una suerte de avidez, tocábamos la portada como si de un peluche se tratara, y rápidamente leíamos las primeras y las últimas palabras del libro, tratando de entretejer una historia entre esos dos extremos. Personalmente, el momento que más disfrutaba en compañía de los libros era cuando se iba la luz. Prendía una velita, y en la oscuridad de mi cuarto me imaginaba en un cómodo sillón decimonónico leyendo a la luz de la lumbre, sin energía eléctrica, sin televisor, ni otras distracciones que me desenfocaran de mi lectura. hoy﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽o es todavtividad amada de niños, la lectura siempre ha sido una actividad amada la lectura desde que

Para quienes comenzamos a leer desde niños, la lectura siempre ha sido una actividad amada, y lo es todavía hoy, pues las mismas alegrías y ansiedades antes descritas persisten durante la vida adulta. Sin embargo, para muchos, la actividad de la lectura guarda relación más con la niñez de generaciones pasadas que con la infancia de la generación de los tiempos que corren. “Antes los niños leían, porque no había televisores, ni videojuegos, smartphones o tablets. No existía YouTube ni tenían tanto acceso a la información”, rezan las voces de miles de padres en su preocupación o indiferencia frente al hecho de que “los niños de hoy no leen”. Aunque el bombardeo de imágenes ha rodeado a la nueva generación de entretenimientos de toda clase, no creo que este sea el motivo principal de que los niños se hayan alejado de la lectura. A mí me encanta ver televisión. Y en ratos de ocio incontrolable, ¿quién no ha puesto la mirada en los videos de YouTube, en los juegos en línea y en toda suerte de distracciones vanas? Además, los libros ilustrados que hoy llenan en mercado se han convertido en piezas de arte que incluso sobrepasan la necesidad de verse rodeados de bellas imágenes.

Personalmente, creo que los niños se han alejado de la lectura porque en la escuela se impone como una actividad obligatoria. Un libro ya no es un compañero de juegos para una tarde lluviosa, o el momento más grato que podemos compartir con nuestros padres o abuelos visitando librerías o leyendo antes de dormir. El libro ya pasó a formar parte de la pila de obligaciones que le esperan a los niños en casa, sumándose al tedio de las matemáticas, de las tareas de inglés, de los ejercicios de gramática o de dibujo. Detrás de todas estas actividades está la aburrida lectura de unos cuantos capítulos del Quijote o el análisis de unos cuantos versos del Cantar del Mío Cid.

Además de imponer sobre la lectura el peso del deber; de la misma congoja que nos sobrecogerá de adultos al pagar deudas y recibos pendientes con dinero que podríamos gastar en realizar nuestros sueños, las escuelas también distorsionan la actividad de la lectura impidiendo que los libros le hablen a los niños de forma directa. ¿Es que acaso, cuando nuestros padres se sentaban a leer con nosotros los cuentos de Oscar Wilde (tan queridos para mí) se sentaban a darnos una perorata sobre el modernismo o sobre las corrientes literarias que influenciaron su obra? Creo que no. El libro habla por sí mismo, toca el arpa con las fibras de nuestra sensibilidad y compone una melodía con los pensamientos que rondan en nuestra cabeza y con los sentimientos que alberga nuestro corazón. El libro nos expone, nos vulnera, nos pone en contacto con el amplio universo que nos rodea, y esto es lo primordial que debe tenerse en cuenta cuando se inculca el hábito de leer. Los datos interesantes que rodean la elaboración de una obra (y lo digo como literata) pueden ser muy constructivos, pero no es el ingrediente secreto para que un niño se enamore de los libros.

La última pócima que envenena la relación de los niños con la libros es la censura. ¿Qué es apto para niños y qué no? Mucho se ha discutido al respecto, pero creo que los límites van mucho más allá de lo que nosotros imaginamos. Para mí, desde que era una niña, la Odisea era un libro fantástico. Y desde el punto de vista de la censura no hay un libro más lascivo, aterrador y violento que la obra de Homero. Lo disfruté siempre, desde muy pequeña, así como también recuerdo con gratitud la lectura de El conde de Montecristo o de Anna Karenina en mi muy temprana adolescencia. Lo que pueden leer los niños no tiene límite. La simpleza de sus corazones puede entenderlo todo, y la avidez por aprender hará de la lectura de cualquier texto la más grata de las actividades.

Padres de Colombia, del mundo entero, por favor encaminen a sus hijos hacia los parajes de la lectura. Allí encontrarán reparo de las congojas de la vida diaria, pero sobretodo, los libros serán ese resguardo donde el corazón y la mente de los niños se conectarán con el universo. Esto hará crecer la sensibilidad y la empatía en el alma de las futuras generaciones.

@valentinacocci4

valentinacoccia.elespectador@gmail.com

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