Cortázar a trazos

Aparecer en un cómic es algo cercano a la inmortalidad, declaró en alguna ocasión Julio Cortázar. Por eso, quizá, su «Fantomas contra los vampiros multinacionales», un cómic hoy olvidado obra del propio escritor. Le tomaron la palabra Jesús Marchamalo y el ilustrador Marc Torices que publican en Nórdica «Cortázar», un cómic biográfico sobre la vida del escritor. Una vida que comienza con una infancia que se cuenta por libros leídos, tantos que hasta el médico llegó a prohibirle la lectura. Su madre «culta y sensible» le devolvió los libros al poco tiempo con una serie de restricciones.

A Cortázar (Bruselas, 1914), como a su «Rayuela» (de la que algo sabe Andrés Amorós), se puede llegar por un capítulo o por otro de una vida caleidoscópica a caballo entre el París donde todavía hoy residen sus restos, y su Hispanoamérica de la infancia. En Cortázar, como él mismo confesaba, todo son pequeñas ventanas que van a desembocar a otras y así se va escribiendo su obra. De esas ventanas de la infancia, como rescatan en el cómic, hay colores y dragones que resultaron ser obra de Gaudí de los que guardaba recuerdo de su paso infantil por Barcelona y el Parque Güell. El color y el trazo a este volumen se ha encargado de ponerlo el ilustrador barcelonés Marc Torices. Dicen de él que es «una de las grandes promesas del cómic nacional». «Alguien preguntó durante la presentación si todos los dibujos eran suyos». Marc tiene un trazo cambiante que se asemeja al mismo Cortázar. Sus dibujos, según qué páginas, podrían parecer de uno o varios ilustradores distintos. De cada una de las viñetas atraen las sombras, unas sombras mezcladas con un colorido que recuerda vagamente a Gauguin. Toda una economía cromática que redunda en la sobriedad. Dos o tres colores le bastan al ilustrador para dar vida a cada una de las viñetas.

Julio Cortázar entró en persona en la casa de muchos españoles por aquella entrevista, ya mítica, de Soler Serrano. Programa impagable que fue del blanco y negro al color como la vida de los españoles por aquellos años. Tanta importancia tenía aquella entrevista «que sirve de hilo conductor para el cómic en muchas de sus páginas», arguye Marchamalo.

A Julio Cortázar Gabriel García Márquez le dedicaba los libros «con envidia y amistad». Él mismo que confesaba haber publicado su primer libro, un poemario titulado «Presencia» (1938), bajo el seudónimo de Julio Denis por ese pudor que supone a veces la juventud.

Fetiche

Marchamalo explica que el encargo no le sorprendió. «Fue un encargo muy luminoso. A mí me lo propuso Diego Moreno (editor de Nórdica); yo nunca había hecho un guión para cómics». Además, se sincera, es lector reciente del género. «Cortázar es uno de los escritores fetiche de mi generación. Escritor legendario que vivía en París. Alto, terriblemente alto. La leyenda de que tenía una enfermedad en la piel que le impedía envejecer… Padre de esa literatura nada solemne como estábamos habituados a leer. Los relatos de Cortázar, Rayuela, siempre nos deslumbró. Yo he hecho dos exposiciones en Madrid y Barcelona sobre los libros de Cortázar. Sobre Cortázar he escrito mucho y conozco bien su vida, es uno de mis escritores favoritos. Cortázar es de esos escritores que probablemente nos convirtió en escritores a nosotros». Además, Marchamalo ya había publicado en 2011 un volumen en Fórcola Ediciones titulado «Cortázar y los libros».

«No es un espectador pasivo de su tiempo. Lo contempla con mucha actividad, es un gran viajero. Viaja por todo el mundo. Su viaje legendario por la India con Octavio Paz. Se compromete con la revolución de Cuba. Es un testigo muy activo de un siglo XX convulso. La vida de Cortázar recorre todo el siglo XX y gran parte de sus acontecimientos. En este cómic se ve el nacimiento del Peronismo, aparece el viaje como elemento principal…». Y es que Cortázar fue un testigo excepcional del tiempo que le tocó vivir.

Relata Marchamalo cómo su amiga parisina Carmen Ossa, que vive enfrente de Montparnasse, le llamó el 12 de febrero de este año desde París diciendo que había bajado de casa a dejar, en nombre de Marchamalo y de Torices, un ramo de narcisos sobre la tumba de Cortázar. Ese mismo día, el escritor estaba terminando los últimos textos del cómic y se cumplían treinta y tres años de su muerte. «Fue ciertamente emotivo».

Sobre la tumba de Cortázar, aparte de los narcisos, se van dando cita cada día nuevos exvotos de lectores que son legión y pasan por allí dejando huellas de velas, billetes de metro, ediciones subrayadas de sus libros y besos impresos con carmín.

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