Arthur Koestler escribió su gran obra tras pasar por una cárcel española

Arthur Koestler (1905-1983) se puso todas las botas posibles del convulso siglo XX, por muy contradictorias que fueran entre sí. Fue sionista, pero luego renegó del movimiento, al igual que hizo con el comunismo, del que se convirtió en uno de sus más acérrimos detractores. Durante la mayor parte de su vida tuvo una gran confianza en la ciencia y el positivismo, aunque en sus últimos años dedicó su pluma a asuntos relacionados con la parapsicología. Para el húngaro, que no admite menos de cuatro etiquetas –escritor, periodista, intelectual y activista–, no existía el término medio: blanco o negro, cero o infinito. La línea de su biografía, quebradiza, podría trazar una gran novela de aventuras. Quizá por eso llamó la atención del escritor Jorge Freire, que ha decidido retratar sus peripecias en la Guerra Civil en las páginas de su último libro: «Arthur Koestler. Nuestro hombre en España» (Alrevés).

«Es algo completamente desconocido, no sé por qué», dice Freire de lo contado en su ensayo. ¿El qué? Pues la influencia que tuvo lo vivido en Málaga y Sevilla, y sus tres meses en la cárcel, en la obra que lo catapultó al éxito: «El cero y el infinito» (1940), un best seller instantáneo en Inglaterra y un clásico moderno en Francia. «La novela es entendida únicamente como una denuncia de las purgas estalinistas, como un reflejo de la frustración de la experiencia soviética. No. En realidad lo que cuenta es muy similar a lo que él vive aquí», explica. Muchos pasajes de la ficción están sacados, palabra por palabra, de su diario de prisión, que publicó bajo el título de «Diálogo con la muerte». «La única diferencia entre Koestler y el protagonista de “El cero y el infinito” es que a este lo matan y a él no».

El escritor había venido a España como espía al servicio de la Komintern, aunque sus motivaciones iban más allá. «No cabe duda de que también le interesaba convertirse en un periodista importante», defiende Freire. Su primera visita a nuestro país fue frustrante: Koestler acabó huyendo despavorido de Madrid, quedando como un cobarde, al contrario de gente como Hemingway, que a ojos del húngaro se ganó una fama injusta de héroe. Con su retorno a la Península no solo cumplía con los deseos de Moscú, sino que también buscaba «honra y reconocimiento». «Quería narrar la caída de una ciudad más de la República, consagrarse como cronista internacional».

Al final, Koestler pasó a la Historia como novelista e intelectual, tan incómodo como incomprendido. «Militó en todas las grandes causas de la época y de todas salió escaldado. Para algunos esto lo convierte en “el casanova de las causas”, una especie de picaflor que iba de una a otra. Eso no es verdad. Cada vez que conseguía entrar en una se metía hasta el fajín en ella. No es un chaquetero al uso», afirma Freire, que lo define como «el hijo del siglo XX, para bien y para mal». «Es hijo de su época, pero no coincide con su época: cuando toca ser comunista es anticomunista, cuando toca ser anticomunista es comunista. Su actitud siempre fue desafiante. Todas sus decisiones fueron las más incómodas, las que le llevaron por los caminos más escarpados», resume el autor.

Necesidad del Absoluto

¿Qué le movía? A lo largo del libro se destila una idea que ayuda a entender su existencia: Koestler necesitaba una respuesta universal que nunca dejó de buscar durante toda su vida, marcada a fuego por la experiencia traumática de haber sufrido el descalabro del Imperio Austrohúngaro y del mundo burgués, así como por su condición de desarraigado (sin patria física ni intelectual). «De repente encuentra algo que lo arregla todo: puede ser la ciencia, la búsqueda de la tierra prometida o la lucha de clases. Sintió algo parecido a una fe religiosa por esas ideologías. No estaba a gusto en la vida mundana», apunta el investigador.

En el fondo, lo que interesaba al húngaro era el Absoluto, aquello que se esconde detrás de todas las cosas y da la clave para comprender el mundo. Por ello, no debe extrañarnos que al final de su vida se alejase de la política y se dedicase a escribir sobre parapsicología y esoterismo. «Para muchos era la noticia estupefaciente que constataba su descalabro intelectual, pero resultó ser, en el fondo, una de sus pocas decisiones enteramente racionales; no tanto una decisión coherente, en el sentido de una consistencia maciza, pero sí congruente: había encontrado, al cabo, un lugar idóneo para zambullirse en el Absoluto», escribe Freire al final de su libro.

«Arthur Koestler, nuestro hombre en España». Jorge Freire. Editorial Alrevés. 171 páginas. 18 euros.

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