Peter Handke: «El proyecto de Cataluña da miedo»

Johann Wolfgang von Goethe decía que lo peor que puede ocurrirle al hombre es llegar a pensar mal de sí mismo. Como exhaustivo lector de Goethe que es, Peter Handke (Carintia, 1942) prefiere dejar a un lado el estudio concienzudo de los patrones que rigen su comportamiento para centrarse en disertar sobre las debilidades que moldean la masa social con la que le ha tocado compartir su vida. El pensador, escritor y dramaturgo austríaco, una de las plumas más reconocidas de la literatura alemana, visita España con motivo de su investidura, mañana, como doctor «honoris causa» por la Universidad de Alcalá de Henares.

Ayer se personó con cuatro capas de ropa -camiseta, camisa, chaleco y americana- y el termómetro bordeando los 30 grados en su primera cita en Madrid, un simposio en torno a su figura que, de forma paradójica, tuvo lugar en el edificio bautizado con el nombre de la mayor referencia literaria del autor, el Instituto Goethe. El revuelo en torno a su presencia encontraba en los más de 20 años que llevaba sin pisar España para comparecer de manera pública un acicate extra a los reclamos que su discurso suscita.

«No tengo nada que decir, por eso escribo», zanjó el autor austríaco en la primera de sus intervenciones, una de las pocas en las que no requirió de un buen puñado de segundos para hallar las palabras adecuadas. La escritura es el eje vertebrador de su vida, hasta el punto de que asegura no tener anhelos más allá de encontrar el ritmo adecuado en su trabajo. «Nunca los he tenido», precisó.

Aislado del mundo

Handke está casado, pero vive aislado de su mujer y del mundo en una pequeña casa a las afueras de París. Plenamente entregado al estudio de cuanto le rodea, su afición al fútbol –en especial al París Saint-Germain, el equipo del barrio rico de la capital francesa– supone uno de los pocos reductos de civilización más estandarizada que permanecen con vida en su ser.

Dentro del negativismo que barnizó sus palabras, como por otra parte lo hace en el grueso de su obra, la literatura fue una de sus dianas más recurrentes. «A veces tengo la sensación de que en la literatura actual solo se escriben novelas policíacas», comentó el pensador, hastiado por el rumbo que están siguiendo los cánones modernos de las letras. Con todo, sigue defendiendo su valor: «Hay una gran diferencia entre escribir y hablar. Escribir es para el mundo, no puede ser hablado». De lo que él escribe destacó cómo sus frases han ido acrecentándose de manera proporcional a sus años. «Lucho contra ello porque es un problema. Tal vez sea la edad. Desconfío de los libros que solo tienen frases cortas. Yo me vuelvo loco. Eso no es leer. En mi caso, me alegro si, tras diez frases, consigo hacer dos cortas», aseveró Handke.

Además de su segunda investidura como doctor «honoris causa» (ya lo fue en 2002 en la Universidad de Klagenfurt), que le será concedida mañana por «los servicios prestados a la cultura pública», ha sido nombrado «Visitante Ilustre» de Aranjuez.

Handke y España

Coincide su estancia en la península con el lanzamiento de su última obra, «Peter Handke y España» (Alianza), una recopilación de textos en los que el autor se acerca a la realidad española con un conocimiento de la misma que pocos literatos han sabido igualar. Su apego al territorio español, que ha recorrido de punta a punta, se vierte en su facilidad para relacionarlo con la historia del país. Entrevistas y escritos de plumas como Enrique Vilas-Matas, Juan Villoro o Ray Loriga, que tratan la figura de Handke, completan la publicación, recientemente puesta a la venta. El escritor dijo sentirse «muy agradecido a España» no solo por los reconocimientos recientes, sino por todo lo que le ha dado cada vez que la ha pisado.

Su alma crítica no le permitió mantenerse completamente al margen de comentar la actualidad política española. «En el avión, de camino a Madrid, he estado leyendo sobre el proyecto de Cataluña, y da miedo», dijo Handke, que no supo concretar el porqué. El idioma, en opinión del dramaturgo, es lo único que puede delimitar una marca nacional. «Cada uno es diferente. Tal vez existe una tendencia general hacia la universalización, pero de lo universal surge de la diversidad. Uno de los mayores tesoros de la humanidad es que haya mil y una lenguas».

Las palabras del austríaco –«no me interesa» fue su respuesta más habitual cuando se le inquirió por asuntos en liza– destilaban cierta pereza con todo lo que tuviera que ver con el discurrir de los acontecimientos actuales, como si la solución a la que hubiese llegado después de una vida dedicada a meditar fuese que no hay solución para aquello que ya está roto. «La alegría a mi edad es un poco sospechosa», sugirió Handke.

Renuncia a internet

Cursar Derecho en Graz no hizo sino acrecentar sus ganas de desligarse del academicismo estricto para entregarse a la reflexión y la escritura. Tanto fue así que su trayectoria está cincelada por más de medio centenar de libros, todos ellos escritos a mano. Podría ser ésta la más clara muestra de desapego con todo lo que signifique cierto adherencia a la sociedad del presente -«la gente que es alegre, de entrada me mata los nervios», aseguró- y sus avances, mas no deja de ser otro ladrillo en el muro que lo aísla de la civilización. Su renuncia a tener internet habla con la misma fuerza de una personalidad indómita que renuncia a dejarse contaminar por las tendencias de la modernidad imperante.

Cuenta con varios libros cuya trama se desarrolla en España: «En una noche oscura salí de mi casa sosegada», «La pérdida de la imagen», «A través de la Sierra de Gredos», «Don Juan (contado por él mismo)» y «Ayer, de camino», una recopilación de sus viajes por el país que estos días le acoge. En uno de los primeros, en Valencia, asistió a una corrida de toros de la que salió horrorizado y con lágrimas resbalando por sus mejillas. Y a buen seguro que ni de los festejos taurinos podría hacer una afirmación categórica sin al menos tomarse unos minutos para masticar la respuesta. En una época de blancos y negros como la actual, Handke hizo la enésima muestra de rechazo a la corriente establecida al mostrarse «en contra de los superlativos». «Todo es muy relativo. Una mujer muy hermosa se vuelve más hermosa cuando has visto antes a muchas feas».

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