Paula Hawkins: «Es ridículo que haya escritores que odien el término best seller»

Hace poco más de dos años, Paula Hawkins (Harare, Zimbabue, 1972) era una completa desconocida, salvo para los lectores de las páginas color salmón del diario «The Times». Pese a haberse licenciado en Filosofía en el Keble College de Oxford, la británica ejercía como periodista de economía y, en sus ratos libres, escribía novela romántica con el seudónimo de Amy Silver. Pero Hawkins buscaba algo más. Por eso decidió embarcarse en una historia más ambiciosa, completamente alejada del «chick lit». Cuando su agente leyó el primer borrador de aquel thriller se quedó sin palabras. Unos meses después, «La chica del tren» se convertía en un fenómeno editorial en todo el mundo.

Millones de ejemplares vendidos y una fama, no buscada, a la que su autora no terminaba de adaptarse. Se sintió «vulnerable» y «expuesta», según confiesa durante la comida que comparte con ABC. Hawkins está en Madrid para promocionar su nueva novela, «Escrito en el agua», también publicada por Planeta. Una historia en la que, quizás sin pretenderlo, vuelve a indagar en sus obsesiones: los matices más oscuros de la vida ordinaria. Para ello, traslada la acción hasta Beckford, un pueblo cercano a Newcastle (Reino Unido) al que regresa Jules después de que su hermana, Nel Abott, haya muerto ahogada, en extrañas circunstancias.

En esta novela, las relaciones familiares son el nexo de la trama, no una relación amorosa.

Sí, así es.

¿A qué se debe esa cambio?

Las familiares son nuestras relaciones fundamentales y formativas, las primeras que tenemos, las que nos convierten en las personas que luego seremos. Las familias son complicadísimas, se puede escribir muchísimo al respecto.

Tanto en «La chica del tren» como en «Escrito en el agua» hay personajes femeninos muy poderosos. De hecho, dedica esta última novela a «todas las conflictivas»

Sí (ríe).

¿Por qué le interesa tanto ese tipo de mujeres?

—Bueno, puede que yo sea una de ellas, mis amigas son mujeres conflictivas…

Todas lo somos (reímos).

Sí, todas lo somos. Todas las mujeres pueden ser vistas como problemáticas. No hace falta que hagas nada especial. Es algo que pasa desde la infancia, la sociedad intenta controlar el comportamiento de las mujeres. A las mujeres se nos pide que cambiemos nuestro comportamiento todo el tiempo: no hagas esto, ni lo otro, no salgas por la noche, no bebas, no te pongas ese vestido… Quería plantarle cara a la idea de que la sociedad está constantemente diciendo a las mujeres lo que tienen que hacer.

En ese sentido, de forma subyacente, en la novela hay una denuncia de la misoginia. ¿Era ese su objetivo?

No empecé pensando: voy a escribir un libro sobre la misoginia. Pero, a lo largo de la historia, surgía constantemente el odio al que se enfrentan las mujeres. No iba a cerrarle la puerta.

¿Vivimos en una sociedad machista?

Sí, definitivamente, absolutamente.

¿Y ha sufrido ese machismo, en su vida personal y profesional?

Sí. La mayoría de las mujeres tienen experiencias con el machismo a diario. A todas nos han hablado de manera condescendiente o paternalista, o hemos sido acosadas, hasta cierto punto, en la calle por hombres. Me molesta mucho cómo los medios refuerzan el estereotipo o retratan a la mujer que es víctima de la violencia doméstica diciendo que, de alguna manera, ha llamado la atención o ha atraído esa violencia.

¿Qué podemos hacer para evitar eso?

Tenemos que cambiar la manera en la que los hombres y las mujeres nos relacionamos. Creo que eso sería bueno, también para los hombres.

Otra de las características comunes de ambas novelas es que, en algún momento, sucede algo que rompe la vida cotidiana y esta se torna más oscura.

Hay cosas de las que no te puedes recuperar, que no se pueden superar, y hay que encontrar otra manera de vivir la vida. Eso les pasa a las víctimas de maltrato, a alguien que pierde un hijo… No mejoras, te haces diferente. Pero la pregunta es: ¿cómo, qué tipo de vida puedes llevar después de eso?

Ha logrado incorporar la tensión psicológica a la novela de suspense. Incluso la denuncia social. ¿Cómo valora esa evolución del género?

Mis libros están enraizados en la vida real. Son vidas ordinarias, personas con las que nos podemos identificar. Es una manera más real y gratificante de enfocar el género del crimen.

Creció en Zimbabue y siendo adolescente se trasladó a Londres, donde estudió Filosofía, aunque terminó trabajando como periodista. ¿Qué piensa, cuando echa la vista atrás, sobre cómo ha cambiado su vida?

Mudarme de África a Londres fue muy importante para mí. En aquel momento me sentí muy sola, como una «outsider». Eso ha sido importante en mi desarrollo como escritora, porque los escritores a menudo nos sentimos así, observamos a todos desde fuera. Mi vida como periodista la disfruté mucho al principio, pero luego me quedó claro que estaba mucho más cómoda inventando las historias que existían en mi cabeza que sacando las verdad a las personas. Es un viaje extraño, a la gente le sorprende, porque no es muy lineal…

Bueno, es la vida.

¡Sí! Hay muchos giros y, desde luego, yo he sido muy afortunada.

¿Y se siente cómoda estando al otro lado, siendo entrevistada?

No. He hecho muchas entrevistas y se me da cada vez mejor, pero no es cómodo y a la mayoría de periodistas no les gustaría ser el centro de atención.

¿Qué es más importante para un escritor: vender 20 millones de ejemplares o lograr buenas críticas?

Creo que quienes venden 20 millones quieren tener buenas críticas, y los que tienen buenas críticas quieren los 20 millones de copias (ríe). Nunca nadie está satisfecho del todo. Obviamente, yo quiero que mi libro se venda, pero también me gustaría que la gente diga que es un buen libro.

¿Y por qué tantos escritores odian el término best seller?

En cierto modo es ridículo, porque si estás en la lista de los best seller, eres un best seller. Quizás la gente considera que eso significa que no es un buen libro, una novela de aeropuerto que tiras a la basura cuando la terminas.

Pero eso no siempre es así.

Claro que no. Muchos grandísimos libros se han convertido en best sellers. Hay muchos escritores que están encantados de estar en la lista de best sellers, pero quizás para los escritores que piensan que su trabajo es muy serio la lista de best sellers es basura.

¿Usted se siente cómoda si digo que «La chica del tren» es un best seller?

Es que lo es. Ha estado en todas las listas de los libros más vendidos. Ahora, por ejemplo, se usa mucho eso del autor que más vende en Amazon, pero no significa nada.

¿Y siente la presión, se siente obligada a repetir el éxito?

No creo que nadie espere que venda lo mismo con esta novela. Las ventas de «La chica del tren» fueron excepcionales y no es probable que eso se repita muchas veces. Intento no pensarlo demasiado, eso se lo dejo a los editores.

¿En algún momento, durante los últimos años, sintió que estaba perdiendo el control de la situación?

Sí, hubo momentos en los que me sentí vulnerable, muy expuesta. Pensaba: quiero que todo el mundo deje de mirarme ahora mismo. Al terminar de escribir este libro, tuve tres meses hasta que se publicó y me fui a Estados Unidos. Hice un viaje por carretera, intenté no entrar en redes sociales ni leer demasiado sobre la publicación. Leí unos cuantos libros, me di paseos largos, pero estaba muy ansiosa… aunque lo peor ya ha pasado.

No quiero terminar sin preguntarle por la situación que actualmente vive su país. Theresa May ganó el jueves las elecciones, pero sin mayoría absoluta y en mitad de un clima de terror provocado por el terrorismo islamista.

Es algo que da mucho miedo. Hemos pasado una temporada horrible, pero tenemos que recordar que seguimos viviendo en una sociedad bastante segura, si la comparamos con el resto del mundo. Nuestras vidas están bastante a salvo y el riesgo del terrorismo sigue siendo bajo, aunque es terrible que ocurran estas cosas. Es muy difícil saber cómo luchar contra personas que te atacan con furgonetas y cuchillos. Hablan de cerrar las fronteras, pero esta gente viene de nuestro propio país. Tenemos que preguntarnos por qué nos quieren atacar. Y eso es lo que yo no entiendo. No entiendo por qué un hombre joven, que ha crecido en Inglaterra, podría tener un motivo para odiarnos tanto… No tengo una solución, no sé lo que debemos hacer. Habrá que intentar tener cautela, vigilancia, pero también no sobrerreaccionar de una manera cargada de odio, porque eso no ayuda.

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