Macondo celebra su medio siglo

La primera vez que el gitano Melquíades sorprendió con sus extraños artefactos a los habitantes de Macondo, ésta no era más que una aldea de 20 casas hechas de barro y cañabrava. El olor de las páginas que describen el particular universo que nace y muere con la estirpe de los Buendíacontinúa despertando la curiosidad voraz de los lectores: desde aquella primera tirada de 8.000 ejemplares, suman ya más de cincuenta millones los volúmenes vendidos en su medio siglo de vida -es la segunda obra más vendida en castellano, después de la Biblia-.

Más de quince años de trabajo le supuso a Gabriel García Márquez terminar su obra maestra desde la primera vez que mencionó sus intenciones en la revista «Crónica», aunque posteriormente afirmó haberla escrito en dieciocho meses. La novela está llena, según el propio autor, de semblanzas autobiográficas. Sus personajes y escenas pintadas con matices extraordinarios se inspiraron en situaciones reales que vivió el escritor en su primera infancia. La estirpe de los Buendía refleja el entorno en que creció Gabo, que se crió en la casa de sus abuelos: Tranquilina Iguarán y el coronel Nicolás Márquez, quienes comparten claros paralelismos con los personajes de Úrsula Iguarán y Aureliano Buendía. Incluso, según algunos estudiosos, el ascenso a los cielos de Remedios La Bella mientras tendía las sábanas está inspirado en la vida del autor ya que ésta era la explicación que su familia daba a los vecinos cuando preguntaban por su hermana, que se había ido a vivir con un hombre antes del matrimonio.

El emplazamiento ficticio de la novela, Macondo, debe su nombre a una finca que el niño Gabo encuentra al lado de la vía del tren en su ciudad natal, Arataca (Colombia), de la que extrae también numerosas pinceladas para crear su ecosistema literario. En la ficción el devenir de los días se impone con una intensidad extraordinaria: a Macondo lo asolaron la plaga del insomnio y la de la amnesia. Luego el diluvio: llovió durante cuatro años, once meses y dos días. En el núcleo de sus hogares la vida y la muerte se confunden en una misma dimensión donde son frecuentes las apariciones y providencias: así Prudencio de Aguilar recuerda día a día a José Arcadio el agravio de su muerte hasta que ambos llegan a convivir con cierto respeto. La naturaleza se mantiene en una constante comunión con el día a día de los lugareños expresándose en fantásticas revelaciones, clara muestra de ello es la lluvia de flores amarillas con la que homenajeó tras su muerte al primer morador de la ciudad, o los luminosos discos que atravesaron el cielo en los más de 112 inviernos de Úrsula Iguarán.

En el seno de las siete generaciones de la familia Buendía la realidad y la fantasía se contonean en una delgada línea. La genialidad narrativa de Márquez presenta con total naturalidad el estallido de mariposas amarillas que se manifestaban en los encuentros de amor entre Mauricio Babilonia y la entrañable Meme, el esmero con el que Amaranta tejió y deshizo su mortaja que durante cuatro años hasta concretar la fecha de su muerte o el hilo infinito de sangre de José Arcadio, que tras el sorprendente arrebato de Rebeca, rodea los barrios del pueblo, atraviesa sus casas y sube sus escalinatas hasta llegar a la cocina de su madre.

Nunca imaginó Gabo que su manera particular de contar historias implicaría el nacimiento de un nuevo género literario: el realismo mágico, que coincidió con El Boom de la literatura hispanoamericana y, sin duda, fue parte de los argumentos que decidieron para él el Nobel de Literatura en 1982.

Tal fue el calado de la novela que sus metáforas se enredaron más allá de la ficción. En varias ocasiones los guiños a la obra sirvieron de inspiración para otras manifestaciones artísticas e impregnaron los discursos de conocidas personalidades. Hace menos de un año de la última vez que las alusiones a la novela erizaron el vello de no pocos antebrazos en uno de los momentos más relevantes de la historia de Colombia: «Se acabó la guerra. Díganle a Mauricio Babilonia que ya puede soltar las mariposas amarillas». Así sentenció Iván Márquez, líder de las FARC, el acuerdo de paz con el Gobierno colombiano.

Sin embargo, para su autor, «Cien años de soledad» no dejó el mismo poso que en la historia de la literatura, a lo largo de su vida repitió incansablemente que no era la obra de la que más orgulloso se sentía: «sólo tienes que abrir cada día los periódicos para ver que ocurren cosas extraordinarias», dijo en 1988. Sostuvo con determinación esa postura hasta el día de su muerte, el 17 de abril de 2014. Un Jueves Santo, el mismo día que Úrsula Iguarán.

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