Lluís Homar: «Le he perdido el miedo a decir que he sentido envidia o tengo inseguridad»

«Ahora he empezado a entender que la victoria no es ser el mejor actor del mundo. Claro que me gusta que reconozcan mi trabajo, que el publico lo aplauda y lo valore. Pero la victoria es otra. La gran victoria es sentirte vivo con lo que haces. Disfrutar. Encontrarle sentido sin que el miedo te atenace. El miedo… El miedo a que te juzguen, el miedo a no estar a la altura, el miedo a no sentirte capaz de hacer algo, el miedo a ti mismo, en definitiva. El miedo al abismo que tantas veces ha crecido bajo mis pies. Ahora estoy aprendiendo a no dejarme llevar por este miedo. Y a reconocerlo. Y a aceptarlo. E, incluso, a acompañarlo».

Quien así se expresa es Lluís Homar, que se ha bajado por un rato del escenario para probar el papel de escritor. Pero esta vez no hace de alguien que escribe un libro, sino que ha escrito (en colaboración con Jordi Portals) «Ahora empieza todo» (Now), un atípico libro de memorias que tiene mucho de psicoanálisis y en el que el actor barcelonés se desnuda por completo sin esconderse detrás de ningún personaje.

Los actores utilizan a menudo el término «terapéutico» para referirse a algunos trabajos. Pero usted aquí se «interpreta» a sí mismo.

A mí me propuso Jordi Portals hacer este libro, yo no lo tenía en mi ideario. Lo pensé mucho, y me decidió el hecho de que pudiera ser útil. En general, el libro es el resultado del trabajo que hago desde hace años en la terapia. Así que lo que he hecho conmigo he procurado compartirlo con los demás con la esperanza de que a alguien le sea útil. Porque el mejor viaje que se puede hacer es hacia uno mismo. Alan Watts tiene un libro que se titula «Conviértete en lo que eres». Yo, por mis circunstancias personales, «deserté» de mí mismo para intentar construir a otro. Y estaba totalmente equivocado.

Desnudarse delante del espejo no es lo mismo que desnudarse en público…

No, claro. Pero yo le he perdido el miedo a decir que he sentido envidia o tengo inseguridad. Vivimos en un mundo en que eso no cotiza, pero eso es un error. En ese mundo cada vez más desalmado, apelar a esa parte más intangible de la persona creo que es positivo; al menos en mi caso lo ha sido. No me ha solucionado nada, pero me da serenidad, calma. Mi terapeuta me repetía: «uno no es responsable por lo que siente; es responsable por lo que hace». Si puedo aceptar cualquier cosa que yo sienta, por terrible que pueda ser, eso ya me libera de muchas cosas, porque uno mismo es a menudo el peor enemigo de sí mismo.

¿Y escribir todo ese trabajo terapéutico de años era un paso necesario?

«Al remover cosas, durante quince días estuve revuelto. Es como cuando haces limpieza en tu casa, aparecen cosas que habías olvidado y no te sientes capaz de devolverlas al cajón»

Yo no siento que haya llegado a ningún sitio, este sigue siendo un camino. El libro no es una meta. Pero me ha deparado sorpresas; una de ellas es el perdón, al que dedico un capítulo. Cuando decidí escribir el libro, pensaba que los episodios difíciles de mi vida estaban ya calmados. Pero al remover cosas, durante quince días estuve revuelto. Es como cuando haces limpieza en tu casa, aparecen cosas que habías olvidado y no te sientes capaz de devolverlas al cajón. Durante quince días me arrepentí de haber aceptado el libro y me asusté de todo lo que tenía por delante. Me di cuenta de que tenía mucho pendiente; y ahí apareció el perdón. Aceptar las cosas y liberarse, lo que no quiere decir que tengas que volver a abrazarte con alguien que te hizo daño. Pero puedes aceptar que la vida es eso. El papel de víctima es muy goloso, porque pasas la responsabilidad a otro.

¿Para perdonar hay que perdonarse antes?

Totalmente. Es muy distinto pedir perdón que perdonarse a uno mismo por lo que haya podido hacer. Y es fundamental.

¿Cree que escribir el libro le va a convertir en mejor persona?

Mmmm. El libro me permite compartir cosas que van más allá de lo que sería «políticamente correcto». Y el viaje que he hecho conmigo mismo me acerca más al otro.

¿Hay algo de ajuste de cuentas consigo mismo?

Algo hay; en cualquier caso, con nadie más.

¿Se ha callado muchas cosas?

Hay cosas. No es un libro de memorias en el que yo pretenda contarlo todo. A Jordi, el editor, sí se lo he contado todo; bueno, casi todo.

En su carrera hay un nombre que destaca por encima de los demás; el Teatre Lliure, una compañia legendaria en el teatro español, de la que es miembro fundador, y con la que ha vivido una historia agridulce. ¿Es lo que más le ha marcado en la vida?

«Los valores de fondo que me inculcó Fabià Puigserver en el Lliure asentaron en mí una base muy sólida en cuanto a actitud cívica en relación con mi trabajo»

Seguramente. Y ahora, con la distancia, sé que me ha marcado para muy bien. El Lliure asienta los pilares de mi vida.. Mire, incluso me emociono un poco al hablar de ello. Sobre todo, algo que Fabià Puigserver [fundador y alma de la compañía en sus primeros pasos] tenía muy claro. Lo tenía en su genética; él venía de los países del Este, y entendía el teatro como un servicio público. El que el destinatario final de este trabajo maravilloso no somos nosotros, sino que es el otro. Y eso es algo que a mí me ha alimentado. Fabià, que era algo espartano, me insistía siempre: «Generosidad, generosidad… Hay que ser generoso». Y me ponía como ejemplo a Anna Llizarán. Me decía que ella sí que era generosa y yo no lo suficiente. Era a veces rudo y no era fácil de tratar, pero los valores de fondo que me inculcó sí asentaron en mí una base muy sólida en cuanto a actitud cívica en relación con mi trabajo.

¿Hay algún personaje que le haya ayudado especialmente a crecer como persona?

En primer lugar, el Manelic de «Terra baixa», de Ángel Guimerá. Lo hice con diecisiete años, y fue la primera vez que yo quería ser como uno de los personajes que estaba interpretando. El primer personaje con el que me identifiqué. Y más recientemente, otros dos personajes, y ambos de la mano de Xavier Albertí. Uno es Spooner, el personaje de «Tierra de nadie», de Harold Pinter -que se pudo ver en las Naves del Matadero, en Madrid-. Yo no quería hacerla porque no entendía nada, ni la obra ni el personaje, y se lo dije a Xavier. Pero cuando entré en él es uno de los personajes que más me ha tocado. Hay una frase que se dice al final en esta obra, y que procede de un dicho oriental: «¿qué es peor, el éxito o el fracaso?». La primera idea del perdón viene de ahí. porque ese personaje, Spooner, es el perdedor. El otro personaje, Hirst -que interpretaba José María Pou- ha tenido que hundirle en la miseria para triunfar, y Spooner, al cabo de los años, vuelve a su lado para ayudarle. Es un personaje que fue un regalo.

Y ha hablado de un tercer personaje.

Sí, es uno que yo no conocía, y que nunca me hubiera imaginado que me removiera tanto; el protagonista de «El profesor Bernhardi», de Arthur Schnitzler, que interpreté el año pasado. Es una obra de hace cien años, muy poco representada. Yo de mayor quiero ser el profesor Bernhardi… He tenido personajes extraordinarios. Ahora estoy haciendo «Ricardo III», que no es precisamente un ejemplo, porque se carga a todos los que se le ponen por delante sin ningún tipo de pudor. Este es otro tipo de aprendizaje: Shakespeare, la condición humana… Pero de esos tres personajes concretos, y de otros que seguramente me dejo, he aprendido mucho.

Tengo la sensación de que la apreciación que tiene el público de usted es que es un actor de éxito, que encadena trabajos en el cine, el teatro y la televisión. Sin embargo, habla en un capítulo del libro de una etapa, reciente, en que tuvo el vértigo de la falta de trabajo. ¿Sigue teniendo el miedo a que no suene el teléfono con una nueva oferta?

«Yo vivía en esa vorágine de trabajo, con viajes, series, películas… Y de pronto, la vida, en un momento personal difícil, me para, y se desmorona mi proyecto de vida. Fue duro»

Sí, por supuesto. Ese momento de falta de ofertas pasó; era un momento difícil para mí, porque me acababa de divorciar. Y el vértigo es que me levantaba por las mañanas y me daba cuenta de que no tenía nada que hacer, que no había nada tampoco en perspectiva. Eso fueron cinco o seis meses; además del divorcio había tomado conciencia de que tenía unos gastos mensuales enormes… Y de repente vino así. Pero es curioso; en esos momentos en que yo tenía que ocuparme de cosas… Hay un dicho oriental que reza algo así: la pereza en el sentido occidental es estar siempre muy ocupado para no tener que ocuparte de las cosas verdaderamente importantes. Yo vivía en esa vorágine de trabajo, con viajes, series, películas… Y de pronto, la vida, en un momento personal difícil, me para. Se había desmoronado mi proyecto de vida, y no podía esconderme detrás del trabajo. Fue duro.

¿El libro puede convertirle también en mejor actor?

Si algo tengo claro es que lo principal es la persona, no el actor. Hay que apostar por la persona. Hay algo muy perverso que es hacerlo con la intención de ser mejor actor. Pero no; eso no sirve. Mi evolución actoral -y yo lo siento así- ha tenido que ver, evidentemente, con mi mejora personal.

Powered by WPeMatico

eBay