Leila Slimani, feminismo en vena literaria

Sus palabras están afiladas por la rebeldía engendrada en una educación liberal dentro de un sistema totalitario. Con un estilo directo al mentón –del que se podría decir que es clásico, de no ser porque ella aún tiene 35 años y va por su segunda novela–, se permite jugar con el lector. Le pone en bandeja una trama para hacer de la misma un delicioso suplicio. Exprimiendo asuntos cotidianos y, por tanto, fácilmente asumibles como propios, martillea la conciencia de su público haciéndole ver que la confortable burbuja en que habita no está a salvo del fortuito roce del destino.

Todo ello le corresponde a Leila Slimani (Rabat, 1981), la autora de «Canción dulce» (Cabaret Voltaire), la novela ganadora del prestigioso premio Goncourt 2016 –el equivalente al Cervantes de Francia–. Ahora visita España, donde ya ha agotado tres ediciones en apenas dos meses, para promocionar las 278 páginas que conforman el libro que ha terminado de consolidarla como una de las plumas francesas no ya del futuro, sino del presente más inmediato.

La escritora compareció en la Residencia de Francia de Madrid con una sonrisa dibujada con permanente y una idea que rompe, a la manera en que lo hace su literatura, con los moldes que pudiera inspirar su delicada figura. En su última publicación narra una historia real en la que una niñera asesina a los hijos del matrimonio para el que trabaja. «Quiero incomodar moralmente al lector. Por eso escribo directo, para no ponérselo fácil», dejó claro al tomar la palabra. Y lo hace desde el comienzo: le bastan las cuatro primeras páginas para ajustarnos el nudo en la garganta.

Estilo

Junto con esa capacidad para estremecer, Slimani tiene en su estilo la otra gota de agua de su perfil literario. A la manera en que un boxeador reparte crochés en el ring, la autora marroquí encadena frases cortas, directas y frías para hacer que el libro tiemble en las manos de su lector. «Me gusta esta apariencia sencilla que esconde muchas cosas», aseguró. Se le preguntó por si su pasado como periodista –trabajó en «L’Express» y «Jeune Afrique» y lo dejó porque lo consideraba «un trabajo muy esclavo en el que no se envejece bien»– pudo haber influido en su escritura. «No. Yo escribía reportajes largos en el norte de África. Es una gran escuela. El detalle, las atmósferas… Miras a la gente y te das cuenta de la manera en que te hablan, en que actúan… Aprendes a observar. Te sientas en silencio y convives con él, que es muy importante para contar historias».

«Quiero incomodar moralmente al lector. Por eso escribo directo, para no ponérselo fácil»

Tanto la que le valió el Goncourt como su primera obra, «Dans le jardin de l’ogre» (2014), tienen como punto central una mujer que lucha contra las pautas del sistema establecido. Si su novela de debut versaba sobre una ninfómana encadenada al sexo furtivo cada vez que su marido se iba a trabajar, la segunda encuentra en el papel de cuidadora asociada a la madre, que debe renunciar a sus aspiraciones profesionales «por el bien de sus hijos», el alma máter de una funesta historia.

«Es curioso, porque cuando un autor usa hombres como protagonistas no se le pregunta por qué. Como Almodóvar, el gran cineasta femenino. Da miedo interesarse por la vida interior de las mujeres. Anna Karenina, Madame Bovary… Son mujeres que se transforman en marginales, parias, porque no consiguen hacer el papel que se les ha atribuido, de buenas madres o hijas, que deben cumplir con el guion establecido», explicó.

Estado laico

Además de por su estruendosa irrupción como autora de novelas, Slimani es conocida por escribir artículos que reivindican la importancia de un Estado laico y al margen de la restricción de libertades individuales como la orientación sexual. Lo sufrió en Marruecos, donde no podía pasear a solas con un hombre por la calle, y donde a dos personas que expresen su homosexualidad se les trata como delincuentes. Pese a ello, rechaza concebir sus libros (al menos los dos que lleva escritos) como elementos válidos para aleccionar. «Lo que aporta corresponde al lector. El escritor nunca debe atribuirle un significado: cobra sentido con la lectura. El libro pertenece a él, no a mí. Cuando lo tiene, es omnipotente».

Cuenta que hay mujeres que se han quejado de la angustia que les provocó leer «Canción dulce». Sobre todo, madres. «Aunque te identificas, es una historia excepcional», dijo Slimani, que terminó de escribirlo cuando estaba embarazada. «Es como los cuentos infantiles, que tratan temas horribles. Mira Caperucita…», remató.

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