Jeanette Winterson: «El artista tiene poder, no puede ser neutral ni quedarse al margen»

La escritora, una de las más vanguardistas de la actual literatura anglosajona, visita España para participar en el Hay Festival de Segovia y ofrecer una charla en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid

La literatura es un refugio para los lectores, pero también para los escritores. Así lo entiende Jeanette Winterson (Mánchester, 1959), que ha hecho de la escritura ese lugar seguro donde su vida transcurre según sus deseos. Escogió ser feliz, y para ello tuvo que enfrentarse a la normalidad. Lo hizo desde el momento en que abandonó su familia de adopción, a los 16 años. Aquella comunidad de cristianos evangélicos no entendía su modo de ser, y mucho menos lo aceptaba. Huyó de la existencia que habían elegido para ella y construyó la suya propia. Tras pasar por los más diversos trabajos, entró en la Universidad de Oxford y en 1985 publicó su primer libro, «Fruta prohibida» (Lumen).

Hoy, casi cuarenta años después, Winterson es una de las escritoras anglosajonas más importantes, y conocidas. Pero, aunque ya no está enfadada -dejó de estarlo gracias a la literatura-, su lucha no ha terminado. Lo hará el día en que la excepcionalidad deje de ser perseguida. A su paso por España para participar en el Hay Festival de Segovia (hoy) y ofrecer una charla en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid (el lunes 25), la autora británica mantuvo una larga charla con ABC.

¿Qué diferencia hay entre la vida vivida y la vida transformada en literatura?

Todo el mundo usa su propia experiencia, no importa lo mucho que se disfrace. Los escritores siempre estamos observando. Está eso, por un lado, y luego está lo que a uno le ha ocurrido, el dolor, los traumas vividos… Todo eso nos convierte en lo que somos y escribimos a partir de ello. Es una especie de diálogo o de danza inspiradora que tenemos con la vida. La gente no quiere realismo o naturalismo; la gente quiere que se le presente algo transformado. Lo que hace que mi historia conecte con tu historia es esa transformación. Por eso podemos leer libros que no tienen nada que ver con nuestras vidas: nos hablan a nuestra imaginación, ahí es donde conectamos.

Más de 30 años después de haber escrito «Fruta prohibida»…

¿Hace tanto tiempo?

Ya lo creo… Si echa la vista atrás, ¿qué es lo que descubrió de sí misma a través de la literatura, a través de ese libro?

Ahí fue cuando descubrí que uno puede interpretarse como hechos y como ficción. Es decir, uno no acaba en los hechos de su vida. Fue un momento liberador porque me di cuenta de que hay muchas cosas que realmente se producen en nuestra mente. La realidad es muy a menudo lo que creemos. La conclusión a la que llegué fue: me lo estoy inventando todo, soy yo quien lo crea todo.

«El dolor nos convierte en lo que somos y escribimos a partir de ello. Es una especie de diálogo o de danza inspiradora que tenemos con la vida»

¿Así que se lo inventó todo?

No, no. Evidentemente hay una interacción, pero soy libre para contar esa historia como quiera.

Es libre de usar su imaginación.

¡Sí! A mi modo.

Claro, por algo es escritora.

Sí, así es. Esa experiencia es la vida como yo la viví, pero también es lo que uno se imagina. Y esa es una forma muy potente de trabajar. Poco importa si leemos algo que ocurrió hace 400 años. Nadie va a Shakespeare para ver cómo era la vida en la época de Isabel I. Queremos encontrar algo sobre nosotros mismos ahora. Eso es lo curioso del arte: viaja a lo largo del tiempo. En cierto modo, somos los mismos.

En ese sentido, usted entiende el arte como algo completamente indisoluble de la vida, están entrelazados.

Bueno, no siempre es lo mismo. A veces, el arte está ahí para romper todo en la sociedad, fomentar la rebelión, ser bohemio, vanguardista… Pero, a veces, el arte está ahí para unir a la gente, para encontrar lo que nos une y nos conecta.

Pero, ¿debe el artista tomar partido en la vida política, en la vida social, ser un activista?

Sí.

¿Siempre?

Siempre.

¿No importa lo que le pase, lo que esa implicación le cueste? Porque está claro que afecta.

Sí, siempre. No puedes mantenerte al margen de la vida. Si tienes poder, y está claro que los artistas y los escritores tienen poder, no puedes ser neutral. Si dices «no me interesa la política» o «soy apolítica», sigue siendo una declaración muy potente. Pero, ¿cómo puede uno decir eso en este mundo?

«Cambiar el mundo es importante y puedo hacerlo a través de mis libros, pero también posicionándome a favor de aquello en lo que creo»

Es imposible.

Sí, yo creo que es imposible. Debemos implicarnos, todos y cada uno de nosotros. Las empresas quieren que la gente sienta que no puede hacer nada, que no puede cambiar nada, que nos sintamos impotentes, y es importante luchar contra eso. Yo hablo mucho y abiertamente de cuestiones sociales, hago periodismo, participo en manifestaciones, en debates políticos… Cambiar el mundo es importante y puedo hacerlo a través de mi escritura, de mis libros, pero también posicionándome a favor de aquello en lo que creo.

Usted votó por Thatcher en 1979.

¡Por supuesto que lo hice!

¿Qué le atraía de la Dama de Hierro?

Oh, muy sencillo. Era la primera vez que yo votaba. Además, era una mujer.

¡Y qué mujer!

Sí, ¡qué mujer! Ella sabía lo que costaba una barra de pan. Decía que uno puede educarse a sí mismo y cambiar sus circunstancias.

«Cuando voté por Thatcher en 1979 no sabía que iba a desmantelar toda la sociedad, cosa que se puso de manifiesto tras su primer mandato»

Como usted hizo.

¡Sí! Yo fui a la Universidad de Oxford, estudié allí.

De hecho, entró ese año, en 1979.

Sí, en ese año. Oxford es una de las universidades más elitistas de Inglaterra y allí sólo vi gente con mucho dinero, no era entonces como es ahora. En aquel entonces, Margaret Thatcher parecía ofrecer un nuevo orden mundial donde el capitalismo podría funcionar a favor de la gente para subir o bajar en la escala social. En mi entorno, nadie había ido a la universidad, todos creían que todo iba a mantenerse como estaba. Y, de repente, apareció alguien que decía que no, que no tenía por qué ser así, y que se conseguía a través de la educación. Era una mujer con un mensaje nuevo. Yo no sabía entonces, nadie lo sabía, que iba a desmantelar toda la sociedad, cosa que se puso de manifiesto muy claramente después de su primer mandato. En Inglaterra, el Partido Laborista y los sindicatos eran muy sexistas, las mujeres no participaban y no había interés en que lo hicieran, así que Thatcher me pareció una buena opción. No lamento haber votado por ella, porque realmente veías lo que tenías. Es un poco lo que sucede con Donald Trump, lo ves venir y dices: «Oh, cielos, qué horror».

Ya que estamos en su país, ¿qué piensa del Brexit?

El Brexit es un desastre.

¿Cree que llegará a materializarse?

No estoy segura. Quizás, una vez que el acuerdo esté sobre la mesa, sea tan malo que nos veamos obligados a volver a votar. Porque está claro que va a ser un mal acuerdo. Me gustaría pensar que hay alguna forma de revertir la situación. Ni siquiera creo que los políticos quieran el Brexit. En la noche en que se votó, el ministro de finanzas, George Osborne, invitó a mucha gente para celebrar que nos quedábamos y a las once de la noche tuvo que cancelar la fiesta; hasta ese punto confiaban. No se imaginaban, en absoluto, que iban a perder el referéndum.

«Si eres un hombre que escribes ficción, tienes muchas más probabilidades de recibir buenas críticas, aunque no vendas libros»

Es muy parecido a lo que sucedió con Trump: todo el mundo nos acostamos convencidos de que ganaría Hillary y cuando nos despertamos no lo podíamos creer.

¡Sí, absolutamente! Yo no lo podía creer. Son shocks muy grandes.

Sí, pero la realidad se impone.

Y de una forma terrible, además.

Hemos hablado de Thatcher, que fue una mujer muy ambiciosa.

Ya lo creo que lo fue.

Yo soy una mujer ambiciosa en mi trabajo, y considero que usted también lo es.

Sí, así es.

La pregunta es: ¿por qué el término ambición tiene siempre un cariz negativo cuando se asocia con una mujer? Los hombres pueden ser ambiciosos, y se considera algo bueno, pero una mujer ambiciosa es peligrosa.

Sí, es ridículo. Es producto del patriarcado [ríe]. Hay gente que cree profundamente que los hombres y las mujeres son diferentes.

«Naipaul no es más que un idiota que sigue abriendo su antiquísima boca para decir que las mujeres no pueden escribir»

Pero no lo somos.

¡Lo sé! Los datos científicos que tienen son malos. Obligar a que las mujeres se mantengan en el que se supone que es su lugar sigue siendo una tendencia muy potente. Pero cada mujer que se niega facilita la vida a la siguiente generación de mujeres. No podemos olvidar lo mucho que hemos conseguido en cien años. Si tenemos en cuenta todos los siglos de historia en los que las mujeres no podían hacer nada, en este breve periodo de tiempo, y sobre todo desde los 70, hemos avanzado muchísimo como mujeres. A veces tenemos que hacer balance y darnos cuenta de que, efectivamente, sigue habiendo muchos problemas pero no podemos olvidar todo lo logrado. Así que… ¡no desespere! Pero sé que es muy molesto.

En ese sentido, ¿por qué cuando Paul Auster o Milan Kundera escriben sobre su propia vida se denomina metaficción y cuando usted lo hace lo llaman autobiografía?

Lo sé, pero fíjese en Karl Ove Knausgård. ¿Qué hace él, si no escribir sobre sí mismo?

Y es un héroe…

¡Lo es! Y es un héroe sólo por una razón: es un hombre [ríe]. Todos escribimos sobre nuestra vida y sabemos que los hombres no leen ficción escrita por mujeres.

¿En serio, eso cree?

No, no lo hacen. Sólo un 11% de los hombres lee ficción escrita por mujeres. O sea que si eres un hombre que escribes ficción, tienes muchas más probabilidades de recibir buenas críticas, aunque no vendas libros [ríe]. V. S. Naipaul sigue diciendo que las mujeres no pueden escribir, sigue abriendo su antiquísima boca para decir eso.

«Las mujeres siguen estando amenazadas, sobre todo físicamente. Cuando un hombre no está de acuerdo con otro hombre, no le amenaza con violarle»

Y se le permite decir eso.

¡Se le permite, sí! La gente se ríe de él, pero sigue manteniendo como verdad que las mujeres hemos sido reprimidas porque somos el demonio. Sigue creyendo que es un guerrero que lucha en una guerra.

Pero no lo es.

¡No es más que un idiota! Y lo puede escribir, si quiere [ríe].

Eso voy a hacer.

¡Bien! [reímos]. Imagine que alguien dice que los negros o los judíos no pueden escribir… No hay ninguna diferencia.

Sí la hay: en ese caso, ese alguien sería condenado por la opinión pública.

Sí, pero a Naipaul se le permite que diga eso y no pasa nada. Acabamos de lograr una gran victoria en Inglaterra porque Jane Austen aparece por fin en los billetes de diez libras [ríe].

¿Por qué defiende que la feminidad es un constructo?

Porque lo es.

Sí, pero ¿por qué?

Podríamos estar hablando de eso para siempre. Sabemos que las mujeres son producto de su educación, la cual hasta hace muy poco ha sido dirigida por los hombres, producto de miles de años de mujeres a quienes se les ha dicho en qué consiste ser mujer. Las mujeres siempre nos hemos considerado una minoría, salvo en el mundo de la publicidad, donde nuestros cuerpos se exhiben por todas partes. Y nada de esto es una ley como la gravedad.

Y, por tanto, puede cambiarse.

Por supuesto, y lo estamos cambiando. Estamos sentadas aquí hoy cambiándolo, es algo maravilloso.

¿Y qué me dice del feminismo?

¿En qué sentido?

«Las mujeres son producto de una educación que hasta hace muy poco ha sido dirigida por los hombres»

Bueno, no es un constructo, pero la gente tiende a pensar que lo es.

No, no lo es. Todas las mujeres con sentido común deberían ser feministas, porque queda tanto por hacer… Las mujeres siguen estando amenazadas, sobre todo físicamente. Cuando un hombre no está de acuerdo con otro hombre, no le amenaza con violarle. Los hombres siguen ganando más que las mujeres.

Sí, lo sé.

Lo sabe, ¿verdad? La BBC acaba de hacer público quiénes son sus empleados mejor pagados, y los hombres cobran un tercio más que las mujeres. Ha habido un gran escándalo, pero es algo que ocurre y ocurre en la BBC, que tiene un cartel que dice: «Igualdad de oportunidades».

Usted cree que en esta vida uno tiene que ser su propio héroe.

Sí, lo creo.

¿Cómo se siente siendo la heroína de toda una generación de mujeres?

Es maravilloso y, al mismo tiempo, has de ser humilde. Quiero usar todo el poder, los instrumentos y las plataformas que tenga para hacer que cambien las cosas. Realmente creo en la siguiente generación, confío plenamente en los jóvenes, aprendo mucho de vosotros y me encanta el diálogo e intercambio entre distintas generaciones. Se ha hecho mucho, pero queda mucho por hacer.

Una de las conclusiones que saqué tras leer «¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?» es que la normalidad es una construcción social. ¿Por qué molesta tanto lo que se sale de la norma?

Hay buenas razones para querer que las cosas sean estables y conocidas. Todos nos sentimos cómodos y relajados cuando sabemos lo que va a pasar. Los seres humanos necesitan estabilidad. Uno de los problemas de la tecnología es que está todo el tiempo alterando el entorno.

Pero a usted le gusta la tecnología.

Sí, me gusta, pero la forma en que altera la vida de la gente no es muy buena porque no hay forma de estar tranquilo. Debe haber un balance entre el cambio y la estabilidad. Eso es algo que todo ser humano siente de forma natural. Hay mucha gente a la que no le conviene cuestionar los prejuicios que tiene porque entonces tendría que cuestionarse su propia vida. Es normal tener miedo de las cosas nuevas, pero hay que ser valiente para afrontarlo. No siempre somos honestos respecto al miedo que tenemos al cambio. Piense, por ejemplo, en la inmigración; a lo mejor la gente teme la inmigración, pero no desde un punto de vista racista y hay que poder hablar de ello. No se trata siempre de prejuicios.

Entre ser feliz y ser normal…

Oh, Dios, normal…

«Hay mucha gente a la que no le conviene cuestionar los prejuicios que tiene porque entonces tendría que cuestionarse su propia vida»

Bueno, o lo que se supone que es normal.

En Holanda tienen un dicho que es: «Sé normal». Todo el mundo lo dice y es bastante agradable, porque lo que quiere decir realmente es que no salgas tarde del trabajo, ve a tu familia, ama a tus amigos…

Vive tu vida.

¡Sí! Fundamentalmente, vive y deja vivir. Así que hay una normalidad que está muy bien, que es positiva. Pero, claro, cuando mi madre me dijo eso [el título de su autobiografía: «¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?»] se refería a llevar una falda, casarse, no hacer nada que ella no quisiera que hiciera y, sobre todo, que no la causara problemas. Eso era normal para ella y la felicidad personal no le importaba.

Es curioso porque, si me permite decirlo, la batalla entre usted y su madre adoptiva era la batalla entre la felicidad y la infidelidad.

Sí, así fue. Era una mujer profundamente infeliz. No la culpo, porque su vida no podía cambiar. Pertenecía a una generación de mujeres que tuvo libertad durante la guerra, pero la década de los 50 fue horrible para ellas. Tristemente para ella, me adoptó y yo soy una persona alegre, lo siento, no puedo evitarlo [ríe].

Siempre me he preguntado dónde acaba su vida y dónde empiezan las historias sobre usted… ¿Qué hay de verdad en todo lo dicho y leído?

No lo sé, y a lo mejor no es necesario que se sepa.

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