Este texto se imprimió 1 millón de veces antes de la invención de la imprenta

  • Se trata de un texto en japonés del siglo VIII.
  • La historia tras su publicación daría para una novela.

Camino cubierto de de portales de madera en Japón.

En el siglo VIII, la emperatriz Shotoku ocupó el trono de Japón en dos ocasiones. La primera fue del 749 al 758, mientras la emperatriz Kohen superaba una depresión. En el 761, tas la muerte de su madre, se tuvo que enfrentar a una guerra de sucesión frente a su primo, Fujiwara no Nakamaro, al que derrotó en el 764. A partir de ahí lideró el país hasta el 770, pero algo perseguía a la emperatriz: matar a su primo era un terrible pecado del que no podía escapar… a menos que copiara una oración budista. Y lo hizo. Vaya si lo hizo.

Aconsejado por un monje budista, Dokyo, la emperatriz entendió que la única manera para conseguir la absolución era a través de la copia de un dharani, una oración en concreto, que le aseguraba beneficios espirituales. Claro que la sensación de pecado por la muerte de su primo era tan grande, que la emperatriz decidió que con unas pocas copias no iba a ser suficiente; así que ordenó que la oración se copiara un millón de veces.

Algunos estudiosos dudan hoy en día de este millón de copias, asegurando que esa cifra es más un referente, un número elegido por su grandeza para confirmar el poder de la emperatriz. Después de todo, estamos hablando del siglo VIII, 700 años antes de la invención de la imprenta moderna.

Pero lo cierto es que ya se conocía una versión más tosca de la imprenta en la época. Los Hyakumanto dharani -que es como se nombra hoy en día a estas oraciones-, se imprimieron utilizando una técnica de bloques de madera donde se tallaba el texto. Se aplicaba luego la tinta y la madera se presionaba sobre el papel. Esta técnica se acababa de inventar en China y esta orden de la emperatriz hizo que llegara a Japón.

Lo más probable es que decenas de monjes budistas trabajaran sin descanso copiando una y otra vez esta oración para satisfacer a su monarca. Una vez se tenía el texto, este se introducía dentro de una pequeña pagoda de madera, de unos 13 centímetros de altura, y se enviaba a los templos budistas de Japón.

Gutenberg usaba también bloques de madera, pero de tipos móviles, algo que ya era conocido en China desde el siglo XI. ¿La gran diferencia? El alfabeto latino es mucho más fácil de preparar para la imprenta de tipos que el chino, por lo que la labor del impresor era mucho más rápida y barata. A día de hoy, no se sabe si Gutenberg aplicó las invenciones chinas a la Europa Occidental o fue todo idea suya.

Vía: Atlas Obscura

Alfredo Álamo


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(Valencia, 1975) escribe bordeando territorios fronterizos, entre sombras y engranajes, siempre en terreno de sueños que a veces se convierten en pesadillas. Actualmente es el Coordinador de la red social Lecturalia al mismo tiempo que sigue su carrera literaria.

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