Elías Prada Galán: «Hay que asumir lo que la ciencia demuestra, pero sin desdeñar la espiritualidad»

Un investigador llega a la conclusión de que las reglas que rigen el Universo no son solo matemáticas, sino que las hay también estéticas. Es decir, que melodías como la del «Himno a la alegría» de la Sinfonía nº 9 de Beethoven gustan aquí y a un millón de años luz. Esta teoría le sirve para construir, previa complicada petición de fondos al un tanto cafre jefe del Gobierno, una máquina que nos haga viajar a través de un «agujero de gusano” hasta conectar con una civilización bastante más avanzada y pacífica que la nuestra. La aventura se adorna con un sinfín de argumentaciones y referentes científicos, morales y religiosos de los que se extrae una sorprendente conclusión que reclama la atención de la conciencia del lector.

-¿Qué relación existe entre «El piano cuántico», su primer libro, y este «El puente de Einstein-Bethoveen»?

-Tardé diez años en escribir «El piano cuántico», aunque es cierto que inicialmente no tenía intención de escribir ningún libro. Simplemente quería poner mis ideas en orden sobre unas preguntas muy famosas (¿quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos?) para las que no había encontrado respuestas convincentes. En mi búsqueda siempre tuve claro que la música debía formar parte de la respuesta. Por ello, en el último capítulo de «El piano cuántico» proponía, quizá de un modo demasiado breve, un experimento basado en la música con el que ayudarnos a responder estas preguntas. Años después de su publicación, sentí –y sigo sintiendo– que la intuición que tuve sobre ello es quizá la idea más brillante –y original- que he tenido jamás. Por ello cuando comencé a escribir «El puente de Einstein Beethoven» (que tampoco tenía previsto escribir) supe desde el principio que el libro debía desarrollar y explicar mejor la idea planteada en el último capítulo de «El piano cuántico».

-En ambas obras desarrolla toda una filosofía en la que se mezclan religión y ciencia, y parece que el objetivo es crear una armonía entre ellas ¿Cómo nació ese interés? ¿Fue una búsqueda personal de respuestas?

-Sin duda fue una búsqueda personal. Todo se inicia de plantearse si aquello que está escrito en un libro, cualquier libro, es cierto. La religión en la que fui educado, responde a las grandes preguntas antes mencionadas, pero plantea de por sí bastantes dudas como para profundizar en ellas; pero la duda fundamental es muy sencilla ¿por qué el libro con el que me han enseñado es el verdadero y no ese otro o aquél? Eso, si eres una persona muy curiosa como creo que soy, te lleva a interesarse por otros libros, otras religiones y espiritualidades. Evidentemente cuando profundizas en las grandes preguntas, acabas estudiando lo que la ciencia responde a las mismas. La ciencia es un modelo de conocimiento mucho más sólido que la mayoría de las religiones, y sus respuestas ofrecen menos dudas; hay digamos que menos lagunas, y cuando las hay, están perfectamente identificadas y suele trabajarse en su resolución. Pero una vez más la ciencia llega hasta donde llega. Nos lleva hasta el Big Bang pero nada nos dice de por qué y cómo surgió. Creo que todo pasa por tener una visión amplia y no rechazar nada de antemano. Hay que asumir lo que la ciencia demuestra, pero no hay que desdeñar las enseñanzas de la espiritualidad y las religiones, al menos hasta que no nos presenten una ecuación diferencial sobre cómo funciona el amor. Hay un gran debate sobre todo esto, creo que es el debate más importante que existe, y es realmente apasionante.

-El arte, y en concreto la música, es el tercer pilar fundamental. ¿Cómo explicaría ese papel protagonista?

-La respuesta rápida es decir que la música, un auténtico misterio, un milagro, magia pura (así es como la siento), debe formar parte de la respuesta. Es demasiado importante, demasiado especial para quedarse al margen. La respuesta más profunda es que así como en el ámbito racional la ciencia es la que manda, en el ámbito emocional poco tiene que decir, al menos por ahora. El arte sin duda nos ayuda a responder las grandes preguntas en el contexto emocional y por eso es el tercer pilar a tener en cuenta. De hecho escuchando algunas canciones sientes, aunque no conozcas, las respuestas a las grandes preguntas.

«Lo que prima no es el arte sino el entretenimiento; un entretenimiento que dure poco y que haya que renovar constantemente para alimentar las poderosas industrias audiovisuales»

-¿Qué autores o libros le han servido de referencia para desarrollar sus teorías?

-Aunque también han debido de haber músicos… Quizá en la redacción de «El piano cuántico» el autor que más influyó fue G. I. Gurdjieff, básicamente por sus afirmaciones de que el hombre puede llegar a ser mucho más de lo que normalmente suele ser. P.D. Ouspensky, un filósofo discípulo suyo describe muy bien su pensamiento en sus «Fragmentos de una enseñanza conocida» que toda persona con este tipo de inquietudes creo que debería leer. Para «El puente de Einstein–Beethoven» destacaría a Ken Wilber y en especial su «Breve historia de todas las cosas». En mi opinión Ken Wilber es el pensador actual más sobresaliente, al menos sobre estos oscuros asuntos. Músicos de referencia… muchos. Rock, jazz, clásica. Todo ayuda.

-La acción de «El puente de Einstein-Beethoven» se sitúa en un futuro bastante aterrador, siendo en realidad una crítica a los tiempos actuales. ¿Quiso poner pues en evidencia la estulticia del ser humano?

-Creo que desde hace unos años se está produciendo un deterioro del mundo del arte, al menos en algunas facetas. Lo que prima no es el arte sino el entretenimiento; un entretenimiento que dure poco y que haya que renovar constantemente para alimentar las poderosas industrias audiovisuales. Algo así como la nicotina o una hamburguesa. Esto ya lo advirtió hace años Hesse en «El luego de los abalorios» cuando habla de la época folletinesca, la cual describe a la perfección lo que está sucediendo.

No quiero pensar que existe el «contubernio universal», pero creo que lo que sí es cierto es que todo tiende a que cada vez sea todo más fácil, más atractivo, más entretenido. Podríamos sentarnos a esperar qué novedades se nos ofrecen: la nueva serie, el nuevo juego, la nueva app o el nuevo Big Mac deconstruido con bifidus activo, entretenernos con ellos, disfrutarlos, hasta que sin pasar excesivo tiempo y sin darnos cuenta, nuestros hijos escuchen el golpe seco de una maza con el que sellen nuestra tumba. Creo que es vital darse cuenta de ello y tratar de salir del remolino. Pero no es nada fácil.

-¿Cómo surgió la idea tan original de crear un «agujero de gusano» que nos conectara con otra civilización a través de la música?

-En el libro planteo un experimento muy sencillo: así como los seres humanos nos emocionamos con la música cambiando nuestro estado mental, la naturaleza también debe emocionarse y cambiar de igual modo con algo que se parezca a la música, algo que tenga una estructura musical. El problema es que nunca he sabido en qué puede consistir el cambio que se produciría en la naturaleza. Un día pensé en el agujero de gusano, pues es algo mágico: nos conecta con lugares remotos del universo, e incluso hay quien dice que con otros universos. Y me pareció una buena idea como medio para que el protagonista viaje a la civilización que va a responder a todas sus preguntas.

-La música, es decir, el arte, y el conocimiento, ¿nos hace mejores personas?

-Sabemos que Hitler era un gran amante de la música de Wagner… Creo que aquí falta el tercer pilar, la tercera ciencia que propongo en el libro. La primera es la ciencia tal y como todos conocemos, que en el libro se llama ciencia de la verdad. La segunda es la ciencia estética; aquí estaría la música. Y la tercera es la ciencia de la bondad. Pero sí. Sí creo que el arte y el conocimiento nos hacen ser mejores personas, al menos en la mayor parte de los casos.

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