El paraíso galáctico de los escritores malditos

Además de escribir maravillosas novelas de ciencia ficción en las que los edificios se adueñan de planetas enteros y los dinosaurios oficinistas sueñan con ser dinosaurios detectives, Voss Van Conner duerme con una maleta debajo de la cama, no vaya a ser que se presenten los marcianos en casa y le pillen con lo puesto. Así que cuando un día aparece con una toalla moteada de microdelfines en lo que parece una gigantesca sala de espera alienígena, se dice que mucho han tardado los marcianos en sacarlo de excursión. Pero no. Voss Van Conner, el mismo Voss Van Conner que ya asomó la cabeza por las páginas de «El show de Grossman» y «La chica Zombie», está muerto. Finito. Caput. Se ha electrocutado con el secador de pelo y ahora espera a que alguien le diga qué hay más allá de una muerte ridícula a juego con su no menos ridícula toalla de microdelfines.

Es así como Voss Van Corner, autor de 117 novelas que casi nadie ha leído y protagonista de este auténtico Dragon Khan literario que es «Connerland» (Literatura Random House), la última novela de Laura Fernández (Barcelona, 1980), descubre que lo que toca después de la muerte no es otra cosa que la vida. O, dicho de otro modo, una segunda oportunidad que le permitirá regresar a la tierra para pasar de autor maldito a, alehop, «escritor tesoro» y filón editorial con proyecto de parque temático a medida. Un parque que, cómo no, se llamará Connerland.

«Por mucho que la literatura realista se esfuerce, la realidad siempre será mucho más perfecta que una novela»Laura Fernández

La única pega, porque siempre tiene que haber una pega, es que el bueno de Voss reaparece como fantasma incorpóreo y más bien patoso al que solo puede ver Miranda, una azafata aérea «desesperadamente soltera» que guiará a nuestro escritor ridículamente muerto a través de esta alocada y torrencial odisea galáctica que burbujea como una marmita repleta de mentos, cocacola y un buen puñado de peta zetas. Una nueva y descollante vuelta de tuerca al universo de «Bienvenidos a Welcome» con el que la autora barcelonesa empezó a subvertir los códigos de la ciencia ficción y que le sirve aquí para homenajear a todos aquellos autores del género que merecieron mayor fortuna en vida.

«Si nos atrae la figura del perdedor es precisamente porque él tampoco lo ha conseguido, y este libro es como una redención que pone en valor el triunfo del perdedor», explica una autora que vuelve a tomar impulso desde sus adorados Kurt Vonnegut, Douglas Adams, Philip K. Dick y Sam J. Lundwall para centrifugar a su antojo la ciencia ficción más disparatada y dejar al realismo con un palmo de narices. «Por mucho que la literatura realista se esfuerce, la realidad siempre será mucho más perfecta que una novela», asegura. Así que, puestos a elegir, mejor mudarse una temporada a esta sitcom galáctica repleta de nombres imposibles y guiños películas como «Ghost» que quedarse a descubrir que la realidad puede ser, además de demasiado real, también muy deprimente.

«He crecido con el cine de los ochenta y los noventa. Ese era mi hogar, donde quería vivir, y es por eso que todo está escrito en clave de sitcom, de película para todos los público donde ves al mismo tiempo los problemas de los adultos, de los adolescentes y de los niños. Era mi educación sentimental, mi manera de descodificar el mundo», añade sobre una novela en la que los fuegos artificiales, las onomatopeyas y las hipérboles deliciosas no esconden reflexiones sobre el fracaso, la soledad o lo que implica ser escritor y«tener uno de los oficios más infantiles» que existen. «La vida del escritor es apasionante, sí, pero para él. Escribir es intentar dar sentido a lo que no se ve», detalla.

Lo que sí se ve en «Connerland» es la habilidad con la que Fernández juega con los géneros, reivindica la risa como armadura infranqueable –«el humor te convierte en alguien invencible», asegura– y se fija en los posmodernos americanos para descifrar reflexiones complejas a partir de los códigos de la cultura popular. «Utilizo la ciencia ficción como lo hacían ellos, aunque de una manera más humilde», reconoce. No extraña que, al final, «Connerland» acabe siendo un gran homenaje a todos aquellos escritores que no deberían morir ni dejar de escribir jamás. «Imagína que tu escritor favorito tuviese 117 novelas. ¿No sería maravilloso?», aventura.

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