Axel Torres y el fútbol como ficción en la que vivir

Su trabajo es con el que tantos otros sueñan, pero acabó cansándose de él. Decir que Axel Torres Xirau (Sabadell, 1983) ha dedicado la mitad de su vida al periodismo especializado en fútbol es quedarse muy corto: su vida se ha construido, ladrillo a ladrillo, a partir de la idea de que comunicar historias relacionadas con el balón y la portería constituiría los cimientos, las columnas y hasta la chimenea de su existencia.

El inevitable desgaste que sufre quien entrega su energía a la labor que le ocupa, de la mano de un ansia por escapar de todo y disfrutar de una soledad a menudo deseada, movieron a Torres a hacer la mochila y marcharse a Islandia. ¿Por qué Islandia? Porque su compañero de viaje, el también periodista Víctor Cervantes, le propuso el destino con la excusa de desenterrar las raíces de uno de los futbolistas más icónicos de la historia de la nación del Atlántico: Eidur Gudjohnsen. La idea de huir hacia un paraje recóndito con el añadido del fútbol como trasfondo fue suficiente para prender la llama.

Del viaje germinó, además de una catarsis que, al menos en parte, lo reconcilió con el fútbol como a él le gusta concebirlo, el libro donde relata la experiencia vivida entre carreteras, glaciares, campos de fútbol, Sigur Ros y café: «El faro de Dalatangi» (Editorial Contra).

En la contra del libro dice que «una pregunta, el anhelo de huir y la admiración casi obsesiva por lo desconocido» fueron los motivos que le llevaron a emprender el viaje por Islandia. ¿Podría desgranarlos y confirmarme que constituyen la esencia del viaje?

La pregunta es la excusa. Todo lo que tiene que ver con Gudjohnsen es realmente un pretexto. Buscar las raíces de un jugador mediático e islandés. Y hay muchas preguntas implícitas en todo lo demás. En Islandia afecta al territorio lo aislada que está, su situación geográfica, la personalidad de sus gentes… Todo esto modifica la manera en que juegan al fútbol, en que hacen la música que hacen, en que las creaciones de todo tipo sean de la manera que son. Esto está relacionado con el territorio y lo especial que es. Pero en realidad todo lo que tiene que ver con Gudjohnsen es un pretexto para huir, con ese anhelo de ir a un lugar que parece tan alejado y tan distinto de uno, que no sé si piensa que puede dejar atrás las cosas que le preocupan o que no le gustan de su vida corriente aquí, pero al menos sí que tiene esa inquietud de ir a ver si es así. La admiración por lo desconocido siempre tiene mucho que ver conmigo, todo lo que he hecho parte de esa inquietud por descubrir cosas que no conozco. Eso es un motor no solo en este viaje, sino en la mayoría de los que he hecho. Viene implícito.

¿Cuáles son las preocupaciones de su día a día?

Tiene que ver con lo personal y con lo profesional. Yo siempre he tenido la sensación de que no encajo bien en ninguna parte. Por momentos me gusta estar solo y cuando estoy demasiado tiempo así quiero estar acompañado, y cuando estoy acompañado quiero estar solo. Al final es un bucle del que no salgo. Pienso en la idea de ir a un sitio donde haya menos gente, donde encontrar la sensación de que puedo sentirme más solo y a la vez no acabar de estar perdido. Y luego también tiene que ver, en efecto, con la sensación de que lo que hago día a día ha dejado de ser mágico. No sé si porque yo también he crecido y por lo tanto no le percibes la magia de cuando empiezas o cuando sueñas, o si la realidad se ha modificado, es decir, si en realidad el fútbol y todo esto ha cambiado. No sé si es una cosa o la otra, pero sí que ese punto de magia se ha perdido un poco. Uno busca huir de ambas cosas y no sé si realmente en algún momento me llego a creer que ahí voy a encontrar una respuesta a eso, pero sí que me llego a creer que al menos puedo desconectar y que me embarco en una nueva aventura.

¿Cómo es el proceso en el que va viendo que esa magia que había en su trabajo se va desmigajando?

Bueno, cuando se convierte en rutina. Yo creo que como todas las cosas, cuando las sueñas y las deseas, y te parecen inalcanzables, las quieres mucho. Cuando empiezas a disfrutarlas estás en una nube y quiere que no se acabe nunca. Pero cuando están tan afianzadas que parece que las vas a tener siempre te asusta el creer que todo va a ser siempre igual. No creo que sea muy distinto a lo que uno le ocurre con muchas otras facetas de la vida. No sé en qué momento se da. Yo creo que cuando uno está muy metido en algo que siempre le da la sensación de que es lo mismo, pues esa magia… Creo que no tiene tanto que ver con el objeto que estamos analizando, sino con las propias fases en las que uno mismo se relaciona con las cosas que le ocurren. Es decir, con la aspiración, el deseo, el conseguir el objetivo y el ya haberlo conseguido. Hay un momento en el libro en el que Víctor me dice que me envidia a mí porque quiere conseguir lo que yo ya he conseguido y yo le digo a él que yo le envidio precisamente porque no lo ha conseguido, y su fase es más ilusionante. Tiene que ver mucho con eso.

¿No intentó agarrarse a ese amor por el fútbol para que todo pudiese seguir su camino?

También suceden cosas que a uno le hacen plantearse su amor por el fútbol. Cuando uno es pequeño cree que todo es posible. Conforme pasan los años te das cuenta de que no es así. Yo soy aficionado de un club muy pequeño, y cuando estaba creciendo pensaba que podíamos subir a Primera división y jugar la Champions League. Pero luego te das cuenta de que es muy difícil por las propias estructuras, porque es muy difícil para los clubes pequeños sobrevivir fuera de las ligas profesionales, por muchas razones. A uno le va minando el que siempre ganen los mismos, etcétera. Es muy difícil concentrarse en el puro juego. Yo nunca lo he hecho. A mí me ha gustado siempre el fútbol como juego pero también la parte de la identificación con la gente, lo que hace que mucha gente se apasione por un equipo. Eso no tiene que ver con la mecánica de juego sino con relaciones de afecto, íntimas. Cuando estas se complican, uno no puede dejar esto de lado. Cuando uno ve que cada vez el fútbol es más difícil, cuando ve a gente de su entorno que cae, que sucumbe, y que no siente lo mismo, se hace difícil seguir amando el juego como lo amaba antes. Todo esto tiene que ver con este proceso.

Hay un momento en el libro en el que usted se queda solo y se va a comer bacalao, y dice del hostelero que le sirve que parece el habitante de una isla que es más propicia «a ser que a trascender». Imagino que lo dice por lo que a diario ve en su profesión.

En realidad es una autocrítica muy clara. También pasa con la señora del faro de Dalatangi después. Lo que ha construido mi pasión es las ganas de progresar, de crecer en el periodismo, de que lo que hago se conociera, se admirara, se elogiara. Cuando te encuentras con personajes de este tipo, percibes que han alcanzado la felicidad aunque no hayas tenido una conversación profunda con ellos. Luego evidentemente eso puede ser una idealización, pero la sensación es esa. Te preguntas si realmente esas premisas sobre las que has construido todo podían estar desacertadas. A mí me dan mucho miedo estas cosas y quiero llamar la atención sobre eso. Me da miedo, después de muchos años, descubrir que una certeza sobre la que se construyó todo igual no es cierta. No sé si lo es o no, pero puede que no. Me da miedo la pura idea de que pueda no serlo. El decir «he hecho todo en mi vida partiendo desde el punto A, y a partir de A he desarrollado B, C, D, E, F y he ido construyendo un edificio porque creía que A era A». Si ahora, 20 años después, descubro que A no es A, qué terrible sería todo, ¿no? A mí eso me da mucho miedo.

Habla de la mercadotecnia que ha corrompido la esencia del fútbol. ¿No cree que es una consecuencia global, una tendencia generalizada de que todo lo que pasa en el mundo va encaminado a lo mismo?

Sí, sí, evidentemente. Es algo que tiene que ver con la sociedad. Mucha gente que me ha leído o escuchado me reprocha que yo viva de esa mercadotecnia. Que al final el fútbol sea más negocio te acaba beneficiando porque hay más programas de televisión, hay más canales especializados que te permiten vivir de eso… Probablemente me haya beneficiado, pero yo preferiría un mundo en el que el fútbol fuera menos eso, que tuviera menos facilidades para que alguien como yo tuviera una posición como la que tengo. Si fuera más justo, con un mejor reparto para todos los clubes… Yo lo preferiría. Si fuera más difícil para mí ya pelearía para conseguir lo que quiero, pero cuando era un niño no había tanta especialización, y yo ya quería ser periodista deportivo. En ese ecosistema que yo percibía menos orientado a esto, yo quería formar parte de él. Luego yo me metí en este mundillo y que ha ido caminando hacia un lugar hacia el que probablemente yo ya estaba caminando sin darme cuenta, pero creo que se acentuó. Que me haya beneficiado de ello no significa que me parezca lo más adecuado ni lo más justo. Además creo que es importante que desde dentro alguien lo diga. Es más fácil decirlo desde fuera. Desde fuera siempre se puede pensar que se dice porque uno no disfruta de ello. Tiene más valor que alguien que se beneficia de ello lo diga. Es positivo y necesario.

El mero quite de tiempo que el periodismo implica, ¿a usted te ha llegado a afectar, o lo ha aceptado como parte del proceso?

Claro. Mientras tienes ese fuego tan fuerte que te mueve a hacer esto sí o sí porque es tu gran objetivo en la vida te parece un daño colateral, algo que hay que pasar y jode pero deseas lo otro con más fuerza. Creo que en el momento en el que se te consolida más la profesión te empiezas a hacer más preguntas. «¿Ha valido la pena?». Y creo que luego, si intentas equilibrarlo, te das cuenta de que es muy exigente, de que es muy difícil. Y te puede costar intentar hacer lo mismo que hacías dividiendo tu foco mental, que ya no todo sea periodismo de fútbol en tu vida. Cuando intentas que tu vida sea periodismo y más cosas acabas teniendo la sensación de que lo estás haciendo mal, porque siempre lo has hecho focalizándote por completo. Te provoca conflictos internos. Es una profesión muy vocacional que exige mucho, aunque luego haya gente que se la tome de otra manera.

Henry David Thoreau habla en «Walden» del absurdo que supone que los individuos centren sus esfuerzos en un trabajo que les va a revertir un dinero que luego no tendrán tiempo de gastar. Esto, trasladado al trabajo del escritor o del periodista, adquiere especial sentido.

Sí, este es un poco el núcleo de lo que me quejo, aunque está claro que tampoco es un drama, hay cosas mucho peores. Pero sí, es el hecho de pensar que al final acaba siendo lo mismo. Pero es que tampoco sé si se puede hacer de otra manera. Al menos a lo que yo me he dedicado siempre, que te exige estar permanentemente pendiente, no desconectar nunca. Y no desconectar nunca es terrible. Creo que mis mejores momentos de producción, incluso de satisfacción por lo que estaba haciendo, siempre fueron en momentos en los que estaba a punto de explotar. Ahora mismo no sabría qué consejo darle a alguien ante la típica pregunta del joven que se quiere dedicar a esto. Ahora tengo menos consejos y más dudas que antes.

¿Ve alguna tendencia generalizada que lleve a la gente a tender hacia una idolatría excesiva? Lo vemos en el fútbol con los grandes jugadores, pero también, mismamente, en la política, donde pesan más los candidatos que las ideas.

Creo que hay mucho de irracional en la idolatría, pero como también lo hay en el amor por un equipo de fútbol. Y como hay algo de irracional en la propia decisión de convertir el fútbol en la vida. Tenemos muchos miedos, yo tengo muchos, y crearte una película y creértela te ayuda, hasta que te das cuenta de que era una película. En ese momento se derrumba todo. Esto es una pelea constante. Yo leí hace poco un comentario de un aficionado en una red social que me pareció brillante. Había gente que se preguntaba sobre el sentido del fútbol, y uno contestó: «Al final el fútbol no deja de ser una actividad muy absorbente que seguimos de manera detallada para olvidarnos de que un día nos vamos a morir». Y es así, yo muchas veces lo he pensado. El que para no darnos cuenta de las cosas realmente importante y tener que ponernos a pensar en ellas, necesitamos ficciones y cuanto más enrevesadas o complejas sean, mejor. El fútbol es muy interesante en ese sentido porque nunca se acaba, siempre hay más. Cuando se acaba un campeonato ya está empezando otro. Si quieres seguir la Champions League, antes de que empiece ya puedes estar buscando quien participa de cada país, a quién van a fichar para poder competir… Al final no se acaba nunca. Es una perfecta ficción para vivir de eso y no salir de eso. Pero insisto, eres muy consciente de ello, aunque consigas olvidarte. Pero cuando lo retomas y ves que esto no es tan importante, te enfrentas a una realidad que es complicada.

Descrito así parece casi una religión.

Sí, sí. La propia existencia del día se justifica a partir de eso.

¿Qué opinión le merece la corriente intelectual que para despreciar el fútbol dice que no es cultura?

Hay opiniones para todo. A mí el fútbol me parece que te puede ayudar a conocer culturas. Yo aprendí geografía gracias al fútbol. Incluso he aprendido cosas de sociopolítica e historia gracias a él. Aprendiendo historias de equipos fundados a partir de según qué manifestaciones socioculturales, o conflictos en determinados territorios… Del fútbol puedes aprender mucho. El juego en sí mismo es una manifestación cultural, porque creo que su origen se puede estudiar como tal. Luego pues obviamente una cosa es cultura y otra es arte. ¿Lo puedes elevar a la categoría de arte? Ahí habría más discusión. Pero, al final, ¿qué es cultura? Hay mucho debate. Hay alta cultura y hay cultura en sí misma, es decir, que haya una feria todos los sábados en un determinado pueblo en el que solo se venden lechugas, pues no es alta cultura, pero forma parte de la cultura del lugar. El fútbol también. ¿Por qué se erigió este equipo, por qué este otro? Pues igual no es arte, pero desde luego es una manifestación cultural. Y luego el juego en sí mismo, que es muy complejo desde un punto de vista táctico, estratégico. Es decir, no es algo tan difícilmente comprensible. No creo que se pueda decir que la gente del fútbol sea tonta. Te puedes aproximar de muchas maneras. Pero desde luego, si te pones a pensar de la manera en que piensan muchos entrenadores, el «yo tengo la pelota con este jugador, se la doy a este, ya pensando en que al dársela a este estoy generando un movimiento en el sector opuesto del campo en el que si yo me muevo de manera opuesta a cómo el rival piensa que lo voy a hacer estoy generando una ventaja allí a partir de un pase aquí que va hacia allí», representa una serie de cuestiones que no me parecen para tontos, desde luego.

Igual que un sector de la población ve belleza en el arte a partir de algo que ha hecho un ser humano, el fútbol, siguiendo esa definición, no deja de ser lo mismo. Al final es una actividad que desarrollan personas y en la que hay quien puede acabar encontrando belleza.

Sí, sí, está claro. Y acabaríamos entrando en discusiones sobre qué es bello. Porque por bello entendemos a veces lo que, desde un punto de vista estético, es muy espectacular, pero también lo estratégico puede ser bello.

Y no solo belleza, un sinfín de sentimientos. Un gol puede generar un sentimientos de euforia en un sitio; un seguidor imparcial puede estar viendo algo bello, y en un territorio distinto, mismamente en la casa de al lado, puede generar frustración. Y con todo ello sigue generando desprecio.

Influyen muchas cosas. Por ejemplo, que se le dediquen muchos minutos de televisión y radio, que mucha gente centre su atención en eso y no en cuestiones que para la vida de las personas puedan ser más trascendentes. Pero yo creo que al final también es una afición, un entretenimiento que tiene algo de cultural, de pertenencia a una comunidad, y solo por esa cuestión merece un respeto. Luego que cada cual lo sitúe donde considere en una escala de valores o de prestigio social.

¿Hay vías para alguien como usted, que ama tanto esto pero sufre el desgaste propio de su posición, para reencontrarse con la esencia?

Hay momentos en los que estoy viendo un partido y me centro en el juego porque ocurre algo en el campo tan atractivo que me olvido del contexto de las cosas. Me olvido hasta de que termina el partido. Y evidentemente cuando tengo que hablar de fútbol pues también tengo que hacer un esfuerzo para olvidarme de eso. Cada cosa tiene su momento. Hay algunos en los que se me pide que haga comentarios puramente técnicos, no de organización del fútbol, y me tengo que ceñir a eso. Hay que concentrarse, cada momento, en lo que corresponde. Para mí recuperar la esencia es ir a ver a mi equipo y estar bien con lo que eso representa. Cómo profesional, cuando consigo hablar de cosas que me parecen menos contaminadas. No es sencillo, pero intento buscar el espacio. Haciendo un programa de Primera División, se puede hacer dedicando más minutos a equipos que no son los más fuertes.

¿Qué se ha quedado con usted tras su periplo islandés?

El recuperar la idea del fútbol de pueblo, en el que no hay burbujas y los jugadores no son ídolos alcanzables. Cuando uno está ante esos paisajes y esa inmensidad, relativiza un poco las preocupaciones humanas. Las que en el día a día de nuestro mundo parecen muy importantes. Pero al final uno regresa de Islandia y vuelve a estar metido en lo mismo. No te cambia para siempre.

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