Antonio Ortuño: «El humor es la manera que otros tienen de llamar a mi punto de vista»

Un niño de diez años cansado de patear el balón de fútbol decide copiar el Quijote a máquina. No está loco, lucha contra el tedio que trae consigo el largo verano académico. No es pura ficción, es un recuerdo que Antonio Ortuño convirtió en uno de los relatos de su último libro: «La vaga ambición» (Páginas de Espuma). «Entonces la televisión era inmunda, como siempre lo ha sido en México. Afortunadamente había una biblioteca grande en casa», cuenta el escritor, que encontró en la literatura un refugio contra el aburrimiento. «La verdad es que si hubiera sabido hacer cosas divertidas a lo mejor no escribía», bromea.

Pero Ortuño se divierte y divierte escribiendo. Su obra tiene mucho de ironía, de cómica amargura, un rasgo que el jurado del V Premio Ribera del Duero valoró mucho a la hora de nombrarlo ganador de su concurso. El humor no es el eje central de «La vaga ambición», pero sí uno de sus ingredientes fundamentales. Convive con la emoción, con la amargura; es un prisma desde el que enfrentarse a la realidad, desde el que abordar el uso del lenguaje. «En mi caso el humor es la manera que otros tienen de llamar a mi punto de vista», resume el autor.

Ortuño defiende que la literatura «es una forma de supervivencia, de tratar de encontrar un sentido a las cosas». Su terreno es tan amplio que se niega a centrarse en un género o un registro concreto. En sus anteriores obras trató temas políticos y sociales, sobre todo relacionados con los conflictos de poder. De hecho, ahora está trabajado en una novela sobre la desaparición de personas en México. «Es una de las situaciones sociales más grotescas que se viven en mi país», afirma.

«La vaga ambición» se distancia por completo de ese camino y coquetea con la metaliteratura y la autoficción. Desde el mismo título, el libro es un ejercicio de fabulación anclado en la propia vida del literato, que un día se definió durante una mesa redonda como «un vago ambicioso». Bajo ese paraguas, tragicómico de por sí, se construyen los seis relatos que componen el volumen, todos ellos unidos por la figura de su protagonista, el escritor Arturo Murray, trasunto de Ortuño con ecos del Henry Bech de John Updike. El otro elemento cohesionador de los cuentos es su madre, un personaje que apenas participa en la acción de los hechos, pero que con su ausencia marca toda la narración.

En ese juego entre realidad y ficción del que nace el libro, el autor deja mucho espacio a la libertad creadora. «En el fondo todo son mentiras, porque aunque hay muchos sucesos personales que están en la base de lodos los cuentos, narrar es manejar el tiempo, cambiar la secuencia de las cosas, distorsionar los hechos, podarlos, dotarlos de sentido», afirma. Hacer memoria, explica, es interpretar el pasado, que nunca se llega a conocer y cambia con el tiempo, como las ambiciones. «Lo más probable es que si volviese a narrar esto en cuatro o cinco años contaría otra cosa, eligiría otros detalles», concluye.

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